En La Montañeta, años ha, no solo había tiendas de aceite y vinagre como la de Periquito Acosta, Prudencito o Isabelita la Barbera, sino que también había una tienda de ropa y artículos de regalo en la que, a pesar de sus reducidas dimensiones, se podía encontrar un vestido de la última moda, zapatos y hasta muebles. Carmelita "García" como se le conocía y se conoce a su dueña, por el apellido de su madre, Mariquita García la partera, era una comerciante que nunca se enriqueció con su negocio porque trataba de ayudar a los más desfavorecidos que hasta su tienda acudían a pedir la ropa del colegio, bragas o calzoncillos y hasta un sillón o un televisor porque el suyo ya estaba para el "desguase". Ella fue intermediaria entre las grandes tiendas de Triana de la época y algunas de las cuales todavía sobreviven como Arencibia, a donde los vecinos de Tamaraceite acudían con la autorización de ella para que comprasen "fiao" y poder ir pagándoselo poco a poco. Mucho fue el dinero que Carmelita tenía en la calle y mucho fue el que no volvió, porque la gente no tenía o, algunos, los menos, se hacían los "longuis" y dejaban de pagar. La tienda de Carmelita es recordada por muchos. Les dejo con una imágen de la época.martes, 24 de agosto de 2010
La tienda de Carmelita "García"
En La Montañeta, años ha, no solo había tiendas de aceite y vinagre como la de Periquito Acosta, Prudencito o Isabelita la Barbera, sino que también había una tienda de ropa y artículos de regalo en la que, a pesar de sus reducidas dimensiones, se podía encontrar un vestido de la última moda, zapatos y hasta muebles. Carmelita "García" como se le conocía y se conoce a su dueña, por el apellido de su madre, Mariquita García la partera, era una comerciante que nunca se enriqueció con su negocio porque trataba de ayudar a los más desfavorecidos que hasta su tienda acudían a pedir la ropa del colegio, bragas o calzoncillos y hasta un sillón o un televisor porque el suyo ya estaba para el "desguase". Ella fue intermediaria entre las grandes tiendas de Triana de la época y algunas de las cuales todavía sobreviven como Arencibia, a donde los vecinos de Tamaraceite acudían con la autorización de ella para que comprasen "fiao" y poder ir pagándoselo poco a poco. Mucho fue el dinero que Carmelita tenía en la calle y mucho fue el que no volvió, porque la gente no tenía o, algunos, los menos, se hacían los "longuis" y dejaban de pagar. La tienda de Carmelita es recordada por muchos. Les dejo con una imágen de la época.sábado, 14 de agosto de 2010
La cometa

Sergio Naranjo es un habitual de este blog y con sus recuerdos hace transportarnos a tiempos pasados que quizás, no fueron mejores que estos, pero sí igual de duros. Ilusiones de un niño de la época que trataba de construir con esfuerzo su artilugio volador que llamábamos cometa y poder echarla al viento, de papel de seda de colores y pequeñas tiras de madera que sólo aguantaba una "echada", como la de Sergio.
El día del Pino de 1973 fue el último de aquellos años en los que mi padre me llevaba a Teror caminando para la Fiesta por las mañanas y regresábamos pasado el ardiente mediodía, en medio de aquel paisaje que el cambio climático del año siguiente se llevó por delante. En el fondo de un barranco fue cuando mi padre me avisó de una cometa en lo alto del cielo, bellísima.
Resaltaba contra el cielo azul lechoso de aquel mediodía de septiembre su gama de colores que iban del rojo más intenso al verde más delicado, pasando por todos los amarillos. Era tal el garbo con que alguien la manejaba que parecía estar pegada al firmamento, sólo un leve movimiento se apreciaba en la grácil cola, larga y jalonada de pequeños trozos de papel graciosamente escogidos.
Fue tal la impresión que nada más llegar me puse a la tarea, que duró unos quince días en hacerse. El lugar escogido para el estreno fue la ladera que hay por debajo del Llanillo, hacia Lomo del Medio, terreno yermo de pastizales agotados por el verano en espera de las lluvias que reverdecieran el ambiente y los habituales rebaños de ovejas que aprovechaban el lugar. Tierra caliza, piconera, de pequeños guijarros apenas salpicados por matas de cerrillos secos y algunas gamonas. Hoy todo aquello se conoce como Área Recreativa San José del Álamo, está lleno de árboles, barbacoas y borrachos.
Fui en compañía de los habituales chiquillos de mi edad, que bajo la convincente promesa de una trompada se resignaron a verme ser el primero en echar la cometa, mientras ellos aguardaban su turno, a pesar de que alguno llegó a poner más material que yo para hacerla. Salí corriendo, jalando por aquella animalada que pesaba creo más que yo, tratando de poner en práctica nuestros rudimentos aeronáuticos, hasta que por fin, medio kilómetro más abajo, aquella monstruosidad se chocó con una corriente de aire en contra y se estampó contra el cielo.
Me pasó como al pintor que se agarra de la brocha cuando se cae del andamio, y no sé por qué me resultó imposible soltar el hilo carreto con el que sujetaba la cometa. De pronto me vi que los pies apenas rozaban el suelo con la punta y algunos pasos fueron en vacío, por unos momentos ingrávidos, hasta que lo mal que habíamos hecho el invento quebró, se oyó un chasquido y en esto la gravedad asomó de repente y yo me pegué un zarpazo que las ovejas de Remigio estuvieron mucho tiempo celebrando.
Adiós, gama de colores verde oscuro y marrón de un saco de papel de piensos Biona; cola larga jalonada de tablillas procedentes unas cajas de conserva de aquellas de Conchita Cuban Guayaba Paste; pérfidas cañas que no soportaron el empuje del viento; y adiós piloto de mala muerte, que aparte de las risas inmisericordes de los otros chiquillos, al menos tuve los reflejos de evitar que después del talegazo me cayera la maldita cometa encima.
viernes, 23 de julio de 2010
El cambullonero
Nuestro buen amigo Sergio Naranjo, de San José del Álamo, nos deja con otro de sus relatos donde cómo no, Tamaraceite siempre aparece dejando su huella. Muchas gracias Sergio y a seguir enviándonos cosas lindas como éstas. También les dejo con un vídeo entrevista de uno de estos hombres que son historia.
En aquellos años del horror de la posguerra, donde el trueque era la manera de intercambiar efectos y alimentos, cada uno de los cambulloneros llenaba sus mulas con todo lo que podía arramblar en el Muelle y salía por estos campos a cambiar abalorios, perendengues, telas, algún perfume, productos de limpieza… por alimentos tales como leche, gofio, miel, queso, hierbas y cualquier cosa que del campo se pudiera llevar a Las Palmas y la Guardia Civil no lo requisara, bien adobado con una tunda de esas leches que nadie quiere.Cada uno de los cambulloneros conocía a alguien con quien hacía sus tratos y se tenían repartido el territorio. El negocio había de hacerse antes de las cinco de la mañana, porque a esas horas, el campesino se iba a su trabajo en las fincas, que en nuestras zonas eran todas aquellas comprendidas entre San Lorenzo y Tamaraceite. Nombres de aquéllas serían las de Don Diego, Mascuervo, Los Molina, Casa de Pico y tantas más donde se vieron cacicadas, injusticias, amoríos, peleas y tantos frutos del convivir la jornada entera.A esa hora, pues, tenía lugar el intercambio, entre el hombre que se las daba de listo, siempre dispuesto a engañar, y el que lo estaba viendo venir de lejos y lo paraba cuando quería. De manera que el cambullonero aparejaba sus bestias, normalmente de dos a cuatro mulas, y salía con ellas cargadas por esas lomas arriba, rayando la noche para poder estar de amanecida en El Pinar de Ojeda, Los Caideros, Los Roquetes, El Acebuchal, El Masapez, Las Labradoras y todos esos alrededores. Siempre un camino distinto, siempre un sitio que la Guardia Civil no les interceptara, solían aparecer en San Lorenzo bien desde Tamaraceite, bien desde El Sardo, para enfilar la entonces apenas dibujada carretera de La Milagrosa, por todo el lomo arriba. Ha ido siempre esa carretera escalonando pronunciadas subidas con allanados tramos, ya desde El Plan de las Rosas, El Pintor… hasta que se llega a la Fuente del Grillo y se acaba otro tremendo cacho empinado y se divisa la llanura del Mainés. Quedaba casi una hora de camino, serían las tres y media de aquella mañana de luna clara, cuando el cambullonero iba soltando imprecaciones y sogazos a partes iguales a aquellas tres bestias, tercas como mulas que eran, y que se negaban a caminar. Si no se avanzaba, no se podía el hombre poner en su destino a tiempo y no habría negocio.Tenía el párroco de esos entonces, Don Santiago Pérez Olivares, la costumbre de salir a cantar los maitines. Hombre de poca estatura, pero ancho de complexión, pelo blanco, sotana al viento, cantaba en latín audible de lejos. Día de difuntos de casi 1950, pues al poco mi madre dice que se echó novio, ni una luz en todo aquello, asoma Don Santiago a la loma mientras abajo se faja ese cambullonero con sus bestias y lo mira despavorido, la mismísima estampa de un ánima en pena, cantando músicas del purgatorio, monta ese hombre en una de las mulas, vira para abajo, les suelta una tunda de leña a los bichos, que allí se partió a correr y no pararon hasta el molino de Tamaraceite.En medio de risas y bromas de a kilo la más ligera, le explicaron al pobre diablo lo sucedido. Y cuando a los dos días volvió a pasar se encontró al cura, parado éste bajo un mato que había en Las Camellas, ya llegando a La Milagrosa. Visto que el aire no entraba en el cuerpo de aquel desgraciado, y sabiendo que le estaba, además, haciendo un favor, Don Santiago le dijo que pasara tranquilo y siguiera su camino en paz. Pues sabemos que si el cura hubiera querido, el negocio y la vida se le habrían arruinado al trapichero con un simple aviso a la Guardia Civil. Pero Don Santiago fue siempre, en esencia, un hombre bueno, vivió y dejó vivir. Incluso cuando al pasar, no salían de la garganta del otro más que una especie de relinchos, y de la mula unas gotas que el animalito no había dejado caer.
sábado, 26 de junio de 2010
Un recuerdo de verano

Ahora que llega el veranito nuestro amigo Sergio nos envía otro de sus recuerdos, a disfrutarlo.
Durante muchos años de mi vida, “verano” era sinónimo de Las Canteras, de cualquier punto de su litoral o de sus calles adyacentes, de día o de noche. En el verano de 1983, estrenando mayoría de edad, tenía un ni contigo ni sin ti con una chiquilla de Las Torres, tarde de agosto, apenas las cuatro, calor de infierno abierto, delante del “House Ming” tirado con unos amigos. Una prima suya me vio y se lanzó en picado. ¿Sabes que lleva esta semana trabajando de cajera en el Cruz Mayor de la calle Barcelona? Si quieres te acercas y aclaras lo de la Wilson del domingo.Allí lo dejó y se fue, la puñetera, mientras yo salí, ¡descalzo! y en bañador (un “speedo” celeste claro) a toda mecha, más caliente mi sangre que el asfalto, y me presenté hecho una fiera en el supermercado. A ella le dio un soponcio y sus compañeras le tuvieron que administrar unas sales. A mí me un securita me intentó administrar una porra de casi medio metro, pero yo era un cachorro de cuidado y cabreado como el macho de Antonio Guerra. Lo que pretendió ser una discusión acabó hecho la marimorena, y cuando alguien habló de llamar a la pasma (eran marrones para lo que fuera) me evaporé de allí. Naturalmente, mi Dulcinea volvió en ella, pero conmigo no volvió más nunca.Ayer, mientras hacía tiempo para entrar en la consulta de Robaina, paseaba por aquella zona, cuarentón, canoso y barrigúo, bien vestido y dolorido de los cuadriles, cuando un muchachillo pasó muy ligero de ropa y enseñando los calzoncillos. Mi bujé*, presa de la ira, despotricó contra la falta de respeto del pibe, mientras a mí me vino este episodio a la cabeza. Volví a mirar aquellas calles, y tras un suspiro que nadie oyó, sonreí… *(Nota: El término “bujé” es patrimonio de mi muy admirado Suso Morgan, dibujante de Canarias7.)
Fotografía: FEDAC
lunes, 14 de junio de 2010
Sonidos de nuestro pasado: La Orquesta Tropical.
Les dejo con la entrevista que realicé hace unos años ya a algunos miembros de la Orquesta Tropical, aquella que tantas alegrías diera a nuestros mayores y con la que muchos se enamoraron. ¡Qué recuerdos!
miércoles, 9 de junio de 2010
El confesionario

Nuestro amigo Sergio Naranjo nos deja con otro de sus relatos. A disfrutar que éste sí que tiene tela.
Lo que se llama ahora pomposamente leyendas urbanas es algo que ha existido siempre, antes conocido como “dichos de la gente”. A ver a quién no le dijeron alguna vez que no caminara para atrás, que la Virgen llora y el diablo se ríe. O que no contara estrellas, que le salían verrugas.
Incluso se decía que el crepúsculo era el sol de las Ánimas del Purgatorio. Dichos ha habido
siempre. Con el tiempo, íbamos creciendo y los dichos se iban haciendo para las chiquillas aparte de nosotros. Ellas tenían todo un compendio de frases, asertos y refranes que se dirigían al objetivo fundamental en sus vidas: Ser buenas madres y castas esposas. En vista de que según se llegara a octavo, y eso si se llegaba, había que quedarse en casa a esperar novio, lo único que se podía entender por cultura era todo aquel conjunto de obligaciones, muchas veces humillantes, hasta que fue, justo justo mi generación la que empezó a romper el molde y a meterse en el instituto, poco a poco. A mí, que siempre he sido tan contestón y tan rarito como yo solo – dice mi madre y eso no se discute – lo que me llamaba la atención era que los dichos de las mujeres no eran pecado ni cosa que enfermara a nadie. Pero los de los chiquillos acababan derechitos al confesionario casi todos.
Recuerdo de forma especial uno que se nos recordaba siempre: Que determinadas cosas que se empezaban a hacer a partir de los primeros pelillos en la barba te producían idiotez, retraso mental y en los casos más extremos hasta sarna. Uno, que se sentía tan feliz con aquellas cosas, no tenía más remedio que ir, al menos una vez al año, si se intuía en peligro de muerte o debía comulgar, a decir aquellas cosas al confesor, quien imponía unas penitencias más propias de un asesino o ladrón.
¡Ay, aquel confesionario de Tamaraceite, cuántas cosas mías sabe! Hace veinticinco años que no entro en aquella iglesia, cosa que habrá que arreglar, pero era a la mano derecha y atrás donde yo, arrodillado y cabizbajo declaré la lista de mis pecados. Y en vista de que no le pareció completa, Don Luis me fue animando, me fue animando, hasta que yo le solté el hecho, primero, y después, tanto insistió, las veces. Según confesé aquella cifra, que además estaba muy rebajada, se levantóaquel hombre, a grito pelado que se oía en la Casa de Pico, y dijo: “¡Hijo, a ti no te hace falta el perdón de Dios, lo que tú necesitas es una vacuna!
Incluso se decía que el crepúsculo era el sol de las Ánimas del Purgatorio. Dichos ha habido
siempre. Con el tiempo, íbamos creciendo y los dichos se iban haciendo para las chiquillas aparte de nosotros. Ellas tenían todo un compendio de frases, asertos y refranes que se dirigían al objetivo fundamental en sus vidas: Ser buenas madres y castas esposas. En vista de que según se llegara a octavo, y eso si se llegaba, había que quedarse en casa a esperar novio, lo único que se podía entender por cultura era todo aquel conjunto de obligaciones, muchas veces humillantes, hasta que fue, justo justo mi generación la que empezó a romper el molde y a meterse en el instituto, poco a poco. A mí, que siempre he sido tan contestón y tan rarito como yo solo – dice mi madre y eso no se discute – lo que me llamaba la atención era que los dichos de las mujeres no eran pecado ni cosa que enfermara a nadie. Pero los de los chiquillos acababan derechitos al confesionario casi todos.
Recuerdo de forma especial uno que se nos recordaba siempre: Que determinadas cosas que se empezaban a hacer a partir de los primeros pelillos en la barba te producían idiotez, retraso mental y en los casos más extremos hasta sarna. Uno, que se sentía tan feliz con aquellas cosas, no tenía más remedio que ir, al menos una vez al año, si se intuía en peligro de muerte o debía comulgar, a decir aquellas cosas al confesor, quien imponía unas penitencias más propias de un asesino o ladrón.
¡Ay, aquel confesionario de Tamaraceite, cuántas cosas mías sabe! Hace veinticinco años que no entro en aquella iglesia, cosa que habrá que arreglar, pero era a la mano derecha y atrás donde yo, arrodillado y cabizbajo declaré la lista de mis pecados. Y en vista de que no le pareció completa, Don Luis me fue animando, me fue animando, hasta que yo le solté el hecho, primero, y después, tanto insistió, las veces. Según confesé aquella cifra, que además estaba muy rebajada, se levantóaquel hombre, a grito pelado que se oía en la Casa de Pico, y dijo: “¡Hijo, a ti no te hace falta el perdón de Dios, lo que tú necesitas es una vacuna!
sábado, 29 de mayo de 2010
Caminata a Teror

Estamos en el mes de mayo, mes de María, mes de peregrinación a ver a la Vírgen del Pino. Tamaraceite es lugar de paso para los peregrinos que van a la Villa Mariana. Nuestro amigo Sergio Naranjo nos deja con un relato sobre la caminata a Teror. Muchas gracias sergio por tu gentileza y esperamos que lo disfruten.
A las siete y media me bajo de la guagua en Piletas, en el paso de peatones frente al Ciudad del
Campo, el colegio que se estrenó justo cuando yo acabé en el Adán. Y me encamino hacia Teror, a probarme, a ver qué pasa. Hace un frío cortante, algo de viento del norte, el cielo está nublado, y aunque no es mucha, la caravana llega a Mercadona, aunque a nosotros nos paró cerca del campo defútbol. Recuerdos de caminatas y de otros paisajes, de prisas y excitaciones, de noticias que dar, de amarguras, de nervios por el camino, en aquel ahora desolado panorama, vacío de vida, destrozado,acabado, en nombre de un progreso mal enfocado que nos dejó esta presentación lacerante. Ni un pájaro, sólo el sonido de los coches que suben y bajan, alternando o sobreponiendo su ruido infernal. Caminar es temerario entre tanta prisa, tanta grosería y tanto egoísmo como hemos llegado a tener con nuestros avances sociales. Qué resultado. A eso de las ocho voy por El Toscón Alto y me suena el móvil, que me recuerda que aquellos tiempos en que me calzaba y me iba donde quisiera ya han pasado y están más cerca los otros en que me calzarán para ir donde no quiera. Oigo los primeros cantos de algunos pajarillos que endulzan el ambiente arrasado, y gallos, varios. Perros de todos los ladridos. A medida que avanzo y se acaba la cuesta se me muestra la vegetación, aquella que cuando yo era chico llegaba a la marea y ahora tímidamente se asoma a partir del Fielato, flora de tabaibas y retamas, de alguna palmera, de pitas y tuneras, de cerrillos y aquellos eucaliptos, que puestos allí con las mejores intenciones, llevan un siglo contribuyendo a desecar el suelo. Bajo el Risco Jiménez entro en el municipio de Teror, recuerdos de niñez sentado al borde, los pies colgando en el vacío donde volaba el cuervo, donde nidificaba la paloma rabiche; el admirado halcón que a veces llegaba y mataba una de ellas con su vuelo de misil animal; el admirado cernícalo vigilando... Muy poco queda ya, salvo la cruz que recuerda el último viaje de mi amigo, amarga decisión que le respeto y me hiere de nuevo cuando la miro. Cuántas no han sido las veces que he pensado en acompañarte desde esa parada, si la vida se hiciera siempre dolor. Las curvas de la Hoya fría, recuerdos del coche di hora que en otro lado contaré, de aquellos piratas y aquellas caminatas, vuelvo a usar el móvil, para tranquilizar a quienes no han de inquietarse, aquellos a quienes debo la vida y ahora ven pasar la vida unas laderas más allá. Y al asomar de las cañadas me azota un viento frío y cortante, mi palo de acebuche, trabajado por mi padre, que guardo como tesoro, que yo no sabré enderezar, sabiduría que él se llevará algún día. Veo desde el camino que el sol llega a la Vuelta de los Alambres, pero en cuanto llego allí, se ha retirado hasta Los Llanos, prolongando el frío que me acompaña en el cuerpo y en el alma, mirando aquel despropósito, uno de tres, que destroza lo que nos va quedando, en nombre de la velocidad, de larapidez, del silencio y el egoísmo, aquella monumental obra que ha descolocado para siempre la antesala del paraíso que fue el barranco de Guanchía. Resisten pájaros, que con sus cantos me van acompañando, varios capirotes, que me emocionan por su número, yo creía muy exiguos; linaceros que se adueñan de la vegetación, ahora de matorral que va aumentando, de codesos, de retamas, de escobones. Un canario del monte suena cuando llego al final de la cuesta y me recuerda quién es el dueño de la tierra; mirlos que ya se hacen oír en el medio del monte. Son las once de la mañana y ya he llegado a la Plaza Teresa de Bolívar. No he querido parar en la Fuente, mis piernas se habrían negado a continuar el viaje. He disfrutado del paso por el Puente del Molino, a pesar de lo coches; he sufrido los rigores de aquella última subida, pero he llegado otra vez a la Plaza.
Se me asoma la iglesia con su Torre Amarilla, imagen ahora de trasiego, de encuentro, de luz, vencida ya la sombra de las nubes, aquí el aire es fresco y no hace frío. Y encaro a la Virgen del Pino, para unos madre, para otros icono, para todos símbolo de Gran Canaria y de sus gentes, paradero y salida de tantas cosas en la vida. Según me cuentan los peores augures, Pinillo, puede que esta sea la última vez que te venga a ver paseando y por mi cuenta, tú allá arriba y yo aquí, contemplando esa estampa que tantos de los míos vieron alguna vez, con la esperanza, a la que yo ahora me aferro, de que el tiempo se dilate y no se me haga corto; o de que por lo menos, la cosa quede en una merma de mi voluntad y movimiento, si se me puede quitar de arriba a este pasajero indeseable que ahora me acompaña, me corroe y me consume en medio del más espantoso dolor que alguna vez imaginar pude. A lo mejor haces un trato conmigo, como dicen otros que puede pasar, y hacemos un ten con ten entre el dolor, las piernas y la suerte y no sale todo muy mal. Y pueda seguirte mirando, como ahora, aunque tenga que ser cuando otro quiera que nos podamos ver.
Campo, el colegio que se estrenó justo cuando yo acabé en el Adán. Y me encamino hacia Teror, a probarme, a ver qué pasa. Hace un frío cortante, algo de viento del norte, el cielo está nublado, y aunque no es mucha, la caravana llega a Mercadona, aunque a nosotros nos paró cerca del campo defútbol. Recuerdos de caminatas y de otros paisajes, de prisas y excitaciones, de noticias que dar, de amarguras, de nervios por el camino, en aquel ahora desolado panorama, vacío de vida, destrozado,acabado, en nombre de un progreso mal enfocado que nos dejó esta presentación lacerante. Ni un pájaro, sólo el sonido de los coches que suben y bajan, alternando o sobreponiendo su ruido infernal. Caminar es temerario entre tanta prisa, tanta grosería y tanto egoísmo como hemos llegado a tener con nuestros avances sociales. Qué resultado. A eso de las ocho voy por El Toscón Alto y me suena el móvil, que me recuerda que aquellos tiempos en que me calzaba y me iba donde quisiera ya han pasado y están más cerca los otros en que me calzarán para ir donde no quiera. Oigo los primeros cantos de algunos pajarillos que endulzan el ambiente arrasado, y gallos, varios. Perros de todos los ladridos. A medida que avanzo y se acaba la cuesta se me muestra la vegetación, aquella que cuando yo era chico llegaba a la marea y ahora tímidamente se asoma a partir del Fielato, flora de tabaibas y retamas, de alguna palmera, de pitas y tuneras, de cerrillos y aquellos eucaliptos, que puestos allí con las mejores intenciones, llevan un siglo contribuyendo a desecar el suelo. Bajo el Risco Jiménez entro en el municipio de Teror, recuerdos de niñez sentado al borde, los pies colgando en el vacío donde volaba el cuervo, donde nidificaba la paloma rabiche; el admirado halcón que a veces llegaba y mataba una de ellas con su vuelo de misil animal; el admirado cernícalo vigilando... Muy poco queda ya, salvo la cruz que recuerda el último viaje de mi amigo, amarga decisión que le respeto y me hiere de nuevo cuando la miro. Cuántas no han sido las veces que he pensado en acompañarte desde esa parada, si la vida se hiciera siempre dolor. Las curvas de la Hoya fría, recuerdos del coche di hora que en otro lado contaré, de aquellos piratas y aquellas caminatas, vuelvo a usar el móvil, para tranquilizar a quienes no han de inquietarse, aquellos a quienes debo la vida y ahora ven pasar la vida unas laderas más allá. Y al asomar de las cañadas me azota un viento frío y cortante, mi palo de acebuche, trabajado por mi padre, que guardo como tesoro, que yo no sabré enderezar, sabiduría que él se llevará algún día. Veo desde el camino que el sol llega a la Vuelta de los Alambres, pero en cuanto llego allí, se ha retirado hasta Los Llanos, prolongando el frío que me acompaña en el cuerpo y en el alma, mirando aquel despropósito, uno de tres, que destroza lo que nos va quedando, en nombre de la velocidad, de larapidez, del silencio y el egoísmo, aquella monumental obra que ha descolocado para siempre la antesala del paraíso que fue el barranco de Guanchía. Resisten pájaros, que con sus cantos me van acompañando, varios capirotes, que me emocionan por su número, yo creía muy exiguos; linaceros que se adueñan de la vegetación, ahora de matorral que va aumentando, de codesos, de retamas, de escobones. Un canario del monte suena cuando llego al final de la cuesta y me recuerda quién es el dueño de la tierra; mirlos que ya se hacen oír en el medio del monte. Son las once de la mañana y ya he llegado a la Plaza Teresa de Bolívar. No he querido parar en la Fuente, mis piernas se habrían negado a continuar el viaje. He disfrutado del paso por el Puente del Molino, a pesar de lo coches; he sufrido los rigores de aquella última subida, pero he llegado otra vez a la Plaza.
Se me asoma la iglesia con su Torre Amarilla, imagen ahora de trasiego, de encuentro, de luz, vencida ya la sombra de las nubes, aquí el aire es fresco y no hace frío. Y encaro a la Virgen del Pino, para unos madre, para otros icono, para todos símbolo de Gran Canaria y de sus gentes, paradero y salida de tantas cosas en la vida. Según me cuentan los peores augures, Pinillo, puede que esta sea la última vez que te venga a ver paseando y por mi cuenta, tú allá arriba y yo aquí, contemplando esa estampa que tantos de los míos vieron alguna vez, con la esperanza, a la que yo ahora me aferro, de que el tiempo se dilate y no se me haga corto; o de que por lo menos, la cosa quede en una merma de mi voluntad y movimiento, si se me puede quitar de arriba a este pasajero indeseable que ahora me acompaña, me corroe y me consume en medio del más espantoso dolor que alguna vez imaginar pude. A lo mejor haces un trato conmigo, como dicen otros que puede pasar, y hacemos un ten con ten entre el dolor, las piernas y la suerte y no sale todo muy mal. Y pueda seguirte mirando, como ahora, aunque tenga que ser cuando otro quiera que nos podamos ver.
domingo, 23 de mayo de 2010
Los túneles secretos de Franco y Hitler en el Barranco de Tamaraceite
Javier Durán, redactor jefe de La Provincia y natural del barrio de Jacomar en Tamaraceite, ha realizado un artículo sobre el Cuartel Manuel Lois en el Barranco de Tamaraceite que no deja de tener su cosa.Los estrategas militares de la larga posguerra española acometieron a partir de los años cuarenta la obra subterránea más ambiciosa que se conoce del sistema defensivo de Canarias. Bajo las laderas que rodean el cauce del barranco de Tamaraceite en su camino hacia el Auditorio horadaron un laberinto de túneles que alcanza una superficie de 7.304 metros cuadrados. A partir del año 2006 comenzó el proceso de desmilitarización de los 168.500 metros cuadrados del llamado cuartel Manuel Lois, y es ahora por primera vez cuando un periódico accede a los planos originales de la potente infraestructura. El espacio creado para la guerra se convertirá en un área sociocultural que reforzará la candidatura de Las Palmas de Gran Canaria a la Capitalidad Europea en 2016.El equipo de arquitectos integrado por Beatriz Ruiz de la Torre, David Martell Sosa y José Manuel Cruz, responsable de la primera fase de rehabilitación de las zonas de edificación, aún trabaja en desentrañar los secretos de los planos de la Dirección de Construcciones e Industrias Navales Militares. El papel (el primero de los proyectos data de 1944) y la constatación física acaban de entrada con una de las leyendas urbanas: ninguno de los túneles llega hasta el mar ni conecta con la Base Naval. Frente a la fábula, la realidad: el laberinto sólo se puede descifrar con los proyectos en la mano, y su funcionalidad esconde los secretos constructivos desplegados en Europa a partir de la I Guerra Mundial, y que alcanzan su máximo apogeo a partir de la II Guerra Mundial y con la posterior Guerra Fría con ejemplos como la Línea Maginot (desde Bélgica hasta Suiza haciendo frontera con Alemania) o el mismo Gibraltar.Los casi 8.000 metros cuadrados de túneles escondían en sus entrañas una central eléctrica, un almacén de torpedos, un polvorín doble, dos polvorines simples, un almacén de artificios y un almacén de minas. Los pasillos hormigonados permiten, en algunos casos, la circulación de camiones que descargan en muelles hasta los que llegan los raíles de las vagonetas. La carga tenía como destino enormes salas (12 metros de ancho por 48 de largo, y 10 de altura) de almacenamiento, con un modelo de puente-grúa para la colocación de los proyectiles. Unas seis décadas después de la finalización de la construcción del complejo bélico, las puertas acorazadas con giro de cremallera se mantienen firmes frente a los actos vandálicos, y la estructura de los túneles y las grandes cámaras resisten el paso del tiempo.Los expertos subrayan "una singularidad espacial que permite, tras la desaparición del uso inicial, transformaciones para otros fines". El objetivo, tras su desmilitarización, es adaptarlos para la creación, desde proyectos audiovisuales, instalaciones artísticas, exposiciones o propuestas musicales. La huella bélica impregna unos corredores en los que destacan, sobre todo, unas rejillas de ventilación que tienen sus puntos de aire en las laderas del Barranco. Una mirada a las montañas permite apreciar los emboquillados de los respiraderos que alimentan con bocanadas de oxígeno el subsuelo. La red de túneles mantiene una temperatura permanente de 15 grados, un bioclima obtenido no sólo por el cobijo de las entrañas de la Tierra, sino también por el laborioso sistema de ventilación natural. La opción cambiará a forzada, con medios mecánicos, en los espacios en los que transitan camiones.La construcción más atractiva se concentra en el túnel que los ingenieros llamaron en 1946 Polvorín Subterráneo para Artificios. Su recorrido interior no permite conocer su singularidad, a no ser que el guía tenga un conocimiento previo de la forma. Una vez que se despliega el plano se identifica una fisonomía en H, determinada por cuatros casetas, también denominadas celdas, que tenían por finalidad permitir la manipulación aislada de explosivos. Las cuatro habitaciones son, aparentemente, independientes, y están construidas en madera, levantadas del suelo del túnel y separadas de los laterales para evitar la humedad. Para un indocumentado en la materia podrían pasar por estancias que, a la manera de un búnker, servirían para esconder a personas. Pero el polvorín de la zona D2, con 700 metros cuadrados entre sus dos bocas de entrada y las cuatro cámaras, aún esconde otro secreto. Las cuatro habitaciones están comunicadas entre ellas por unos pasillos en forma de X, que en su punto de unión tiene una chimenea de ventilación que atraviesa la montaña en vertical y acaba en un respiradero con techo circular que finaliza en punta. La enigmática forma asomando en la montaña es visible desde el fondo del barranco, al lado de una típica garita para los soldados. El tubo de ventilación, horadado de arriba a abajo, y desarrollado con un estudio al milímetro para conectar con el punto exacto del subsuelo, permite conocer en su trayectoria las técnicas para evitar los efectos de un hipotético ataque al polvorín. En este sentido, nada más descriptivo que un enorme bloque de hormigón macizo anclado al terreno y a la estructura de la chimenea, cuya misión es contener los efectos de la onda expansiva. El carácter defensivo reaparece en el denominado almacén de torpedos, en el sector K1, donde el túnel de entrada sufre una modificación de trazado que tiene por objetivo burlar un ataque a través del emboquillado de la fortificación.Tras visitar el túnel D1, con una cámara para minas de 2.470 metros cuadrados, la pregunta es cuánto costó la infraestructura levantada por la Armada para su Infantería, y la segunda es por qué adquirió una dimensión tan grande. En relación al presupuesto, su larga duración demuestra que no fue fácil para la precaria industria militar española de posguerra afrontar el pago de materiales y de jornales de trabajadores. Un experto en edificación de túneles calcula que en los años cuarenta los casi 8.000 metros cuadrados llegaron a unos 30 millones de pesetas en hormigón, mano de obra y maquinaria, es decir, unas 2.000 millones de pesetas de las de hace poco (12 millones de euros). El gasto no deja de ser llamativo en un periodo en que Canarias estaba sumergida en las carencias de la autarquía económica, con desabastecimientos básicos por su posición comprometida entre los dos bloques de la Segunda Guerra Mundial. Mientras ello ocurría, en pleno Mando Económico de García Escámez, los estrategas de Franco arañaban titánicamente el interior de las montañas del final del barranco de Tamaraceite (para los ingenieros militares, de Guanarteme). Para la excavación, la época ya permitía el uso de algún tipo de máquina, mientras que la sujeción de las paredes laterales y de los techos podía hacerse con técnicas, entre otras, como la del encofrado deslizante. Un artilugio de madera que sostiene el hormigón inyectado hasta que fragua. Una vez obtenido el secado, se vuelve a rodar el encofrado para avanzar en el afianzamiento de la estructura. Hoy día este tipo de operaciones se solventa con la utilización de un material que se adhiere a la roca y que por su solidez descarta desprendimientos futuros.En el A1, con una cámara de 260 metros cuadrados, queda la arqueología industrial más visible. Se trata de un generador de luz, quizás el motor reciclado de un submarino, que daba luz a los habitantes del cuartel Manuel Lois, que en los años setenta pudieron llegar a unos 1.000 con motivo de la fase crítica de la Marcha Verde de Marruecos sobre el Sahara. De allí retornaron unos barracones que el proyecto de rehabilitación tiene previsto utilizar, y que fueron construidos para soportar altas temperaturas y a los que se les dará una misión de paz y de creación cultural. Más abajo, el pozo de agua de Los Martinón, uno de los más antiguos de Gran Canaria, y cerca de los respiraderos de los túneles los huecos de las Cuevas del Rey, asentamientos prehispánicos protegidos de gran valor arqueológico, y más allá, en las laderas, los cambios de tonalidad de un territorio que informan del pasado geológico de la isla de Gran Canaria.La leyenda llama a esta geografía que fue ocupada a lo grande por los militares. ¿Quisieron alcanzar el mar, o al menos aproximarse lo más posible? No estaban lejos, y un drenaje del barranco hubiese permitido una subida de la marea. ¿Participó una mano de obra cualificada extranjera en la realización de los túneles y en su equipamiento? Tampoco hay constancia de ello en la documentación oficial. Juan José Díaz Benítez, doctor en Historia por la ULPGC, y gran conocedor de la etapa militar de la Isla durante la Segunda Guerra Mundial, destaca que ni del Instituto de Historia y Cultura Naval, ni del Archivo de la Administración General de Alcalá de Henares, se puede cotejar una participación de ingenieros del Tercer Reich alemán en la construcción. De igual manera, se refiere a la presencia, como se ha llegado a decir, de técnicos de la Krupp. "No hay nada al respecto. Los ingenieros españoles ya tenían experiencia en este tipo de infraestructuras, y de los Krupp sólo hay señales en dos baterías, en Mesas de San Juan y Melenara, y sólo en lo que se refiere al armamento", subraya.
domingo, 16 de mayo de 2010
La barbería de Pedro y Sindo Domínguez
Pedro y Sindo Domínguez Herrera son los barberos por antonomasia de nuestro pueblo de Tamaraceite. Ellos llevan en la sangre lo de la barbería ya que su padre Pedro Domínguez Reyes empezó de barbero comprando el local al primero barbero y luego practicante del pueblo, Don Félix García, y que estaba situado en la Carretera General de Tamaraceite nº 27. Don Félix García. fue barbero antes que practicante ya que el gobierno de la época le financió para hacer un cursillo de practicante en la Península. La barbería es aparte de lugar de arreglo de cabeza y afeitado un centro cultural y social, un lugar de tertulia, el ágora de Tamaraceite, como así lo cataloga alguno de sus clientes. Sindo pinta cuadros, algunos están en la barbería y ha participado en alguna exposición colectiva. Por su parte, Pedro es hombre de letras, escribe poesía y cuentos y es un libro abierto ya que sabe de todo, desde arreglar un televisor hasta distintas técnicas de construcción. Él nos cuenta que eso se lo debe a todo lo que ha aprendido de sus clientes. No pudo estudiar cuando joven porque la crisis apremiaba y había que trabajar, pero de mayor hizo el acceso a la universidad para estudiar Derecho, quedando fuera por 0,25 décimas.
En la barbería podemos ver fotos antiguas de Tamaraceite donde muchos apenas se reconocen porque el paso de los años ha hecho mella en ellos. Los sillones de la barbería son de la narca Belmont, tienen casi 80 años y fueron adquiridos en una barbería del Puerto, de la calle Venezuela, en los apartamentos Ininta, trasera del hotel Astoria, donde trabajaba como barbero el hermano mayor, llamado Antonio. Una barbería de “antes” que conserva todo el sabor de antaño, pero sobre todo, es una pequeña casa de la cultura.
En la barbería podemos ver fotos antiguas de Tamaraceite donde muchos apenas se reconocen porque el paso de los años ha hecho mella en ellos. Los sillones de la barbería son de la narca Belmont, tienen casi 80 años y fueron adquiridos en una barbería del Puerto, de la calle Venezuela, en los apartamentos Ininta, trasera del hotel Astoria, donde trabajaba como barbero el hermano mayor, llamado Antonio. Una barbería de “antes” que conserva todo el sabor de antaño, pero sobre todo, es una pequeña casa de la cultura.
jueves, 13 de mayo de 2010
Las alcantarillas de la memoria

Las alcantarillas de la memoria. (Cualquier parecido con la realidad es puro cuento.
Cosa tuya, lector, será creerlo o no. Como haces con tantos otros que te han dicho. Y que sabías que era un cuento.) Sergio Naranjo
Cosa tuya, lector, será creerlo o no. Como haces con tantos otros que te han dicho. Y que sabías que era un cuento.) Sergio Naranjo
El trol nos trincó al Jalufo y a mí jugando a las carreras de bolígrafos en su clase, y nos echó de allí. Fuera nos quedamos, en la escalera de aquella V-11 que resultaba hasta peligrosa. Nos pusimos a reír, tal es la gracia que le hacen esas tonterías a la mente de un treceañero. En esto asomó aquel animal, su cara daba espanto. Yo estaba primero, pero además se vio que venía por mí. Me jincó una cantidad de leña atroz, con las palmas, con los puños, con los pies; me fue tirando por las escaleras hasta el descansillo de abajo mientras pronunciaba insultos impronunciables. Allí me dejó, tirado, dolorido, sólo medianamente calmado cuando el secretario le espetó la locura que estaba haciendo. Pero no se lo recalcó demasiado, que con el trol se podía jugar un expediente. Me quedé quieto, desturronado, el Jalufo asombrado, pero lo tranquilicé, y cuando casi al final de la clase el salvaje nos mandó entrar, lo hice riendo, aunque me dolía hasta el alma, para no quedar mal ante nadie. Tiempos. Si ello aconteciera hoy, me habría escapado al centro de salud y a la comisaría, pero aquello pasó antes, y si mis padres se hubiesen enterado habría sido peor, habrían dado por buena la paliza y quién quita si no la hubieran completado.
Al llegar el final del curso, yo ya sabía que estaba suspendido. En realidad, lo tenía claro desde mucho antes, pero poco a poco se me iba haciendo imposible entender qué contenía su asignatura. No podía preguntar, pero él siempre lo hacía para ponerme en ridículo y tener por dónde dejar justificado el más que cantado suspenso. A la hora de repartir las notas a los padres, fue mi madre por allí, y el trol estaba al acecho. En cuanto me tocó a mí, el tolete de mi tutor se encogió y le dio paso a aquella bestia. No quiso saber nada que no fuera meterle mano a su novia debajo de las escaleras, mientras el otro se ensañaba con mi madre, tan católica ella, en explicarle que con el niño no había nada que hacer, que era muy mal estudiante y que no servía para nada. O repetía curso o se iba a la formación profesional, no había más que hablar. Pero eso sí, tenía que recuperar en verano, porque su nivel era tan bajo que ni para lo otro servía. El tutor, pusilánime, asintió, y trató de justificar tan buenas notas en general con aquel suspenso que no se justificaba, pero lo hizo. Lo hizo tan bien que me valió la bronca de mi madre todo el trayecto de vuelta a casa y el guantazo de mi padre. Tan bien lo hizo que me lo he encontrado muchas veces después y no me he dado ni por conocido. No lo puedo ni ver. El Cabo entraba en el patio de abajo todas las mañanas como un misil. La cabeza inclinada hacia delante; las cejas clavadas en los ojos; la boca crispada hacia abajo; la perilla que le daba un aspecto demoníaco; las manos cruzadas en la lumbar; enfundado en una bata blanca. Correteaba a un lado y otro, gritaba, daba órdenes paramilitares, golpeaba, expulsaba y finalmente iba a rendir sus cuentas a la maestra rubia, pininsular ella, ante quien se transfiguraba en un caballero sonriente y quijotesco. Cuando se enfrentó con quienes íbamos a clases de recuperación, soltó una frase que no voy a olvidar nunca: “No estamos aquí para buscar el provecho de mañana, sino para aprovechar el día de hoy.” Durante aquellas clases, el Cabo me presionó, me atosigó, me sometió al mayor grado de exigencia de la asignatura. Y siempre salí bien parado, siempre respondí, resolví, trabajé. Hasta que un día, cerca ya de septiembre, al acabarse las clases, se dirigió donde yo estaba sentado y, gracias a eso, se puso a mirarme con su pose tan característica, y me dijo: “¿Y cómo es que has suspendido tú esta asignatura?” “Usted sabe que ya estaba suspendido, no es que yo suspendiera”, dije yo. Y entonces, el Cabo levantó las cejas, torció la boca, se giró sobre sus talones y muy despacio se fue hasta su mesa. Pena de no haberte tenido de maestro, oye, qué distinto habría sido todo. El día de la entrega de notas se volvió a repetir el ceremonial. En cuanto me tocaba a mí, el trol se interpuso entre mi madre y el tutor tolete. Exigió el resguardo de la matrícula del instituto de FP, condición sinequa non para darme el aprobado del examen. No había aparecido en todo el verano por el colegio; no sabía qué había hecho o estudiado yo, si había aprovechado el tiempo; sólo sabía que iba a por mí. Y hasta que mi madre, tan católica ella, no le enseñó el papel amarillo aquel, no dio su conformidad. El examen, que yo reclamé, nunca apareció, hasta que la paciencia de mi madre se acabó y nos fuimos de allí. He pasado más de treinta años odiándote, maldiciéndote, día por día, cada vez que recuerdo aquello, cada vez que cobro mi paupérrima nómina, oficial de máquinas de FP II, mediocre electricista, yo que quería ser ingeniero de electrónica. La vida es un tren que al pobre le pasa y si no se sube, de nada le vale correr detrás. Y tú me apartaste del andén, trol. No podré perdonarte nunca, y por eso nunca he querido volver al colegio, porqueme tengo miedo. Porque te puedo ver y buscarme la ruina, listillo, a ver si ahora me pegas. No hasta hoy. La vida ha sido una sucesión de cosas buenas y malas, y los antiguos alumnos del Adán mehan demostrado que las malas, como tú, han de quedarse en su sitio: En las alcantarillas de la memoria
Al llegar el final del curso, yo ya sabía que estaba suspendido. En realidad, lo tenía claro desde mucho antes, pero poco a poco se me iba haciendo imposible entender qué contenía su asignatura. No podía preguntar, pero él siempre lo hacía para ponerme en ridículo y tener por dónde dejar justificado el más que cantado suspenso. A la hora de repartir las notas a los padres, fue mi madre por allí, y el trol estaba al acecho. En cuanto me tocó a mí, el tolete de mi tutor se encogió y le dio paso a aquella bestia. No quiso saber nada que no fuera meterle mano a su novia debajo de las escaleras, mientras el otro se ensañaba con mi madre, tan católica ella, en explicarle que con el niño no había nada que hacer, que era muy mal estudiante y que no servía para nada. O repetía curso o se iba a la formación profesional, no había más que hablar. Pero eso sí, tenía que recuperar en verano, porque su nivel era tan bajo que ni para lo otro servía. El tutor, pusilánime, asintió, y trató de justificar tan buenas notas en general con aquel suspenso que no se justificaba, pero lo hizo. Lo hizo tan bien que me valió la bronca de mi madre todo el trayecto de vuelta a casa y el guantazo de mi padre. Tan bien lo hizo que me lo he encontrado muchas veces después y no me he dado ni por conocido. No lo puedo ni ver. El Cabo entraba en el patio de abajo todas las mañanas como un misil. La cabeza inclinada hacia delante; las cejas clavadas en los ojos; la boca crispada hacia abajo; la perilla que le daba un aspecto demoníaco; las manos cruzadas en la lumbar; enfundado en una bata blanca. Correteaba a un lado y otro, gritaba, daba órdenes paramilitares, golpeaba, expulsaba y finalmente iba a rendir sus cuentas a la maestra rubia, pininsular ella, ante quien se transfiguraba en un caballero sonriente y quijotesco. Cuando se enfrentó con quienes íbamos a clases de recuperación, soltó una frase que no voy a olvidar nunca: “No estamos aquí para buscar el provecho de mañana, sino para aprovechar el día de hoy.” Durante aquellas clases, el Cabo me presionó, me atosigó, me sometió al mayor grado de exigencia de la asignatura. Y siempre salí bien parado, siempre respondí, resolví, trabajé. Hasta que un día, cerca ya de septiembre, al acabarse las clases, se dirigió donde yo estaba sentado y, gracias a eso, se puso a mirarme con su pose tan característica, y me dijo: “¿Y cómo es que has suspendido tú esta asignatura?” “Usted sabe que ya estaba suspendido, no es que yo suspendiera”, dije yo. Y entonces, el Cabo levantó las cejas, torció la boca, se giró sobre sus talones y muy despacio se fue hasta su mesa. Pena de no haberte tenido de maestro, oye, qué distinto habría sido todo. El día de la entrega de notas se volvió a repetir el ceremonial. En cuanto me tocaba a mí, el trol se interpuso entre mi madre y el tutor tolete. Exigió el resguardo de la matrícula del instituto de FP, condición sinequa non para darme el aprobado del examen. No había aparecido en todo el verano por el colegio; no sabía qué había hecho o estudiado yo, si había aprovechado el tiempo; sólo sabía que iba a por mí. Y hasta que mi madre, tan católica ella, no le enseñó el papel amarillo aquel, no dio su conformidad. El examen, que yo reclamé, nunca apareció, hasta que la paciencia de mi madre se acabó y nos fuimos de allí. He pasado más de treinta años odiándote, maldiciéndote, día por día, cada vez que recuerdo aquello, cada vez que cobro mi paupérrima nómina, oficial de máquinas de FP II, mediocre electricista, yo que quería ser ingeniero de electrónica. La vida es un tren que al pobre le pasa y si no se sube, de nada le vale correr detrás. Y tú me apartaste del andén, trol. No podré perdonarte nunca, y por eso nunca he querido volver al colegio, porqueme tengo miedo. Porque te puedo ver y buscarme la ruina, listillo, a ver si ahora me pegas. No hasta hoy. La vida ha sido una sucesión de cosas buenas y malas, y los antiguos alumnos del Adán mehan demostrado que las malas, como tú, han de quedarse en su sitio: En las alcantarillas de la memoria
lunes, 10 de mayo de 2010
La reforma de la Plaza en los años 80.


La Plaza de Tamaraceite ha sido desde hace más de 70 años el centro neurálgico de nuestro pueblo de Tamaraceite. La plaza vivió hace más de 25 años uno de los momentos más trsites de su historia, cuando fue remodelada sin el concenso del vecindario. Tamaraceite se echó a la calle para protestar por este hecho como así lo recoge la prensa de la época. Un artículo para no perderse.
viernes, 30 de abril de 2010
Orgía de sangre en Tamaraceite
Tamaraceite fue portada hace más de cuarenta años de uno de los asesinatos más sangrientos acaecidos en España. La prensa nacional lo titulaba como orgía de sangre y lo relacionaba con rituales de brujería. Años más tarde ocurrió otro asesinato, el del hijo de Juanito el Árabe. ¿Coincidencia, mal de ojo, brujería?
El Programa Cuarto Milenio realizó un especial sobre este caso que pueden visitar en las siguientes direcciones:
Parte 1: http://www.youtube.com/watch?v=TGsWhcTzI_c&feature=PlayList&p=206A1DFF1DFE23C4&index=0Parte 2: http://www.youtube.com/watch?v=7O1K1fI8K2Y&feature=PlayList&p=206A1DFF1DFE23C4&index=6Parte 3: http://www.youtube.com/watch?v=WIIKpqVvTqE&feature=PlayList&p=206A1DFF1DFE23C4&index=7
martes, 20 de abril de 2010
El estelero
Nuestro amigo Sergio nos ha dejado con otro de sus recuerdos verídicos. Este hombre es un saco de bellos recuerdos de nuestro pasado que no debemos olvidar. ¿Quién no fue alguna vez al estelero de Tenoya o al de Piletas? ¿O a que te subieran la madre? Un hecho real que nos lleva atrás en el tiempo de una manera divertida.
Mi concuño llegó a tocar el timbre, no sé ni cómo, cambao como una jose, enmuletado con un escobón. - Que si me llevas al estelero de Tenoya, que me di un estuerzo y estoy tó estronchao.Mi conciencia habló por mí: - ¿Y no será mejor ir al centro de salud y que te pongan un calmante y te vea un médico? El vozarrón se alborotó y llenó la calle: - ¡Ha dicho que no, médicus no! ¡Que me cosen las nalgas con indiciones quemonas y me dejan quince días tirao en la cama! Y mi conciencia, otra vez: - Mira que una lesión en la espalda es cosa muy seria.Los gritos se oyeron en el pueblo entero.- ¡Si usté no es hombre pa una cosa destas, hay se pué quedar con sus medicinas y sus finuras, que lo que yo quiero es que me lleve al estelero o busco quien me lleve!Media hora más tarde estábamos en los lomos de Tenoya, preguntando las señas de aquel hombre tan nombrado. Fue a ser en una casa muy antigua, bajando a la derecha, cuando la cuesta se empinaba del todo. Había seis o siete personas, y menos mal, que en cosa de minutos fueron docenas. En la sala de espera no cabía una tercera parte, y la escena era de asombro: En la vida había visto una reunión más silenciosa, nadie hablaba, todos callados como tocinos. El estelero llegó y empezó a pasar la gente y obrarse el milagro. Por allí fue desfilando aquel grupo de tullidos, lisiados, tronchados de todo tipo. Un breve diálogo, un gemido de diferente intensidad, un trasiego de dinero con algunas palabras más y vuelve a salir ahora aquella persona, derecha como una vela, sonriendo, respirando, hablando con todo el mundo y despidiéndose.Cuando le tocó a mi concuño, a mí me invitaron a esperarlo en una antecámara, separada por una cortina de donde estaba el estelero, y a la vista de la sala donde estaban los demás. Se reproduce el ritual y se oyó hablar a los dos hombres. De golpe, se oyó un bramido que a mi cuenta tembló hasta la cortina. Si lo oyen en Sevilla, que poco faltó, lo cogen para las saetas de Semana Santa. Y mientras el eco de aquel horroroso esperrío iba buscando salida barranco abajo, yo me vi en una situación apurada, tratando de contener las carcajadas que se me escapaban, con lo que la concurrencia me mal miraba. Alguna palabra más y sonido de monedas precedieron la salida de mi pariente. Enseguida entró otro, apurado, mientras aquél trataba de encontrar la vertical, la mirada extraviada, la cara brillando y pálida, la boca contraída, parecía un San Juan Evangelista en procesión.Se le cayó una moneda y el hombre se agachó, por instinto, a recogerla. Al hacerlo, tuvo tan mala suerte que se volvió a destorcer, el cuerpo sacudido por una contracción y la cara crispada por el dolor. - Llévame al médico, anda…Entonces le dije:- Vira para atrás, ya que estás ahí, y que te lo vuelva a arreglar.Y dice el hombre, la voz en un resuello:- ¡Ni anque tenga que asentar el culo en una tunera! (Nota: Todo lo relatado es estrictamente cierto y sucedido. Sólo he omitido el contenido del bramido, irreproducible.)
Mi concuño llegó a tocar el timbre, no sé ni cómo, cambao como una jose, enmuletado con un escobón. - Que si me llevas al estelero de Tenoya, que me di un estuerzo y estoy tó estronchao.Mi conciencia habló por mí: - ¿Y no será mejor ir al centro de salud y que te pongan un calmante y te vea un médico? El vozarrón se alborotó y llenó la calle: - ¡Ha dicho que no, médicus no! ¡Que me cosen las nalgas con indiciones quemonas y me dejan quince días tirao en la cama! Y mi conciencia, otra vez: - Mira que una lesión en la espalda es cosa muy seria.Los gritos se oyeron en el pueblo entero.- ¡Si usté no es hombre pa una cosa destas, hay se pué quedar con sus medicinas y sus finuras, que lo que yo quiero es que me lleve al estelero o busco quien me lleve!Media hora más tarde estábamos en los lomos de Tenoya, preguntando las señas de aquel hombre tan nombrado. Fue a ser en una casa muy antigua, bajando a la derecha, cuando la cuesta se empinaba del todo. Había seis o siete personas, y menos mal, que en cosa de minutos fueron docenas. En la sala de espera no cabía una tercera parte, y la escena era de asombro: En la vida había visto una reunión más silenciosa, nadie hablaba, todos callados como tocinos. El estelero llegó y empezó a pasar la gente y obrarse el milagro. Por allí fue desfilando aquel grupo de tullidos, lisiados, tronchados de todo tipo. Un breve diálogo, un gemido de diferente intensidad, un trasiego de dinero con algunas palabras más y vuelve a salir ahora aquella persona, derecha como una vela, sonriendo, respirando, hablando con todo el mundo y despidiéndose.Cuando le tocó a mi concuño, a mí me invitaron a esperarlo en una antecámara, separada por una cortina de donde estaba el estelero, y a la vista de la sala donde estaban los demás. Se reproduce el ritual y se oyó hablar a los dos hombres. De golpe, se oyó un bramido que a mi cuenta tembló hasta la cortina. Si lo oyen en Sevilla, que poco faltó, lo cogen para las saetas de Semana Santa. Y mientras el eco de aquel horroroso esperrío iba buscando salida barranco abajo, yo me vi en una situación apurada, tratando de contener las carcajadas que se me escapaban, con lo que la concurrencia me mal miraba. Alguna palabra más y sonido de monedas precedieron la salida de mi pariente. Enseguida entró otro, apurado, mientras aquél trataba de encontrar la vertical, la mirada extraviada, la cara brillando y pálida, la boca contraída, parecía un San Juan Evangelista en procesión.Se le cayó una moneda y el hombre se agachó, por instinto, a recogerla. Al hacerlo, tuvo tan mala suerte que se volvió a destorcer, el cuerpo sacudido por una contracción y la cara crispada por el dolor. - Llévame al médico, anda…Entonces le dije:- Vira para atrás, ya que estás ahí, y que te lo vuelva a arreglar.Y dice el hombre, la voz en un resuello:- ¡Ni anque tenga que asentar el culo en una tunera! (Nota: Todo lo relatado es estrictamente cierto y sucedido. Sólo he omitido el contenido del bramido, irreproducible.)
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