domingo, 14 de marzo de 2010

Tiempos pasados no tan buenos (I)


Nuestro amigo Sergio Naranjo nos envía otro de sus recuerdos de la infancia. Les dejo con él.

Según llegué al Adán del Castillo, allá por fines de noviembre de 1973, a mi cuenta pasaron pocos días, aunque fueron unos quince, y se nos mandó ir a formar al patio. A grito pelado, de forma muy dura, los niños unas filas, las niñas otras: ¡Firmes! ¡Ar! ¡Cubrirse! ¡Ar! ¡Fuera! ¡Esa palmada al muslo! ¡Alinearse bien o van saber lo que son latigazos! ¡Firmes! ¡Ar! Marcando el paso... ¡Ar! Y allá vamos los niños a dar zapatazos contra el suelo, mientras las niñas se mueven, pero no tan fuerte. ¡De frente! ¡Ar! Y salimos. No sé qué puede ocurrir hoy, los maestros están coléricos, hay gente rara en el Adán, gente seria, de mal carácter y mal encarados. Parece que disfrutan con hacernos eso. Salimos del colegio y enfilamos el Paseo de los Mártires. Pobre de quien se eche fuera del paso, del orden. Le pegan, y si llora le pegan más. A las niñas no les gritan, las insultan porque son niñas. Vamos haciendo un rítmico traqueteo calle adelante, hasta que llegamos frente a una tienda y allí bajamos, ¡paso normal, ar!, y no marcamos el paso, bajamos los escalones y nos vamos a situar donde alguien que se hace cargo de nuestra fila nos pone. En la plaza está formada una banda de requetés, que se llaman así y no requetenes, que así les llaman en San José, ustedes que son unos maúros. Son feos, tienen una boina roja, una camisa azul, un pantalón negro y botas de soldados; tienen unas correas en el cuerpo, y se bambolean rítmicamente al compás de unos tambores. Po-porropón, pon-pon, siempre sonando una y otra vez, y de vez en cuando cornetas. Banderas. Y malas caras, mal genio. Algunos tienen unas chaquetas blancas y dan órdenes. Se hacen saludos levantando la mano. Algún niño llora y le pegan, y no se calla, y se lo llevan a un recodo de la plaza y le pegan más.Se hacen saludos de unos a otros, se dan gritos, nos mandan firmes. Y los tambores. Po-porropón, pon-pon, una y otra vez. Yo quiero estar en San José, lejos de allí, con mis cochitos y mis ruedas para jugar; con mis cañas haciendo de caballos; con mis boliches, mis trompos... Pero me aguanto. Hace unos días que he llegado a este colegio y todo ha sido sufrir, el nuevo, el débil. ¡De frente paso normal! ¡Ar! Y vamos entrando a la iglesia, a mí me ha tocado al medio de la segunda fila de la izquierda, casi en el centro de la nave. Y Don Luis nos espera, con una sonrisa beatífica y satisfecha, las manos reposando cruzadas en el pecho, actitud santa. Ha terminado el sonido del tambor y alguien desde algún sitio que no identifico, grita a pleno pulmón: ¡Camaradas! ¡Viva Cristo Reeeeeyyyy! Todos responden: ¡UH! ¡Vivas PAÑÑÑÑA! ¡UH! ¡Vival CaudiLLOOOO! ¡UH!Nunca había estado en una misa como esta. Trapos en el altar con símbolos del desfile de la victoria. Banderas en la iglesia. Y una homilía para decirnos muy enardecidamente que éramos el futuro de la grandeza nacional. Había nacido, en efecto, un rebelde. Cuando uno de ellos me soltó un jaquimazo que casi me tira al suelo porque no grazné después de uno de esos vivas (no sabía qué ni cuándo había que responder, al año siguiente vaya si lo supe), no lloré. Pero ya tenía claro que aquella no era mi gente, ni aquello era lo mío. Nunca sería de ellos.No. Todo tiempo pasado no fue mejor, aunque me puedes devolver mis ocho años.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Buf! ¡Qué fuerte! Qué mal lo tenían que haber pasado, pobres niños!
En mi tiempo del colegio si que se cantaba el Cara al sol y cosas así al entrar y al salir, además era mañana y tarde con lo cual...

Anónimo dijo...

Sería bueno poder escribir algo sobre la educación de antes, lo bueno y lo malo; y sobre la educación de ahora, lo bueno y lo malo. ¿Quien no recuerda la sensación de la regla al alcanzarte la palmas de la mano (cuando no te hacían poner los dedos para que recibieras esa misma sensación pero elevada al cuadrado). ¿Quien no recuerda los brazos en cruz, de rodillas y a veces teniendo que sostener unos libros con las manos que como se te calleran al suelo recias como premio un cogotazo o si no un coscorronazo?. ¿Quien no recuerda aquellas levantadas por la patilla que te hacían ver las estrellas y que sólo cesaba cuando se le quedaba un mechón de pelo entre las manos al susodicho profesor, o llámelo usted como quiera?.
A Dios gracias todo esto ha desaparecido, o ha ido desapareciendo porque si no que se las arregle el profesor porque se puede quedar sin trabajo para toda la vida.
Ahora se ha vuelto la tortilla, ahora es el alumno el que agrede al profesor, unas pocas veces utilizando la fuerza física, pero otras muchas mediante el maltrato psicológico un día tras otro, sin posibilidad de rebancha.
Y qué decir de los padres de los educandos de antes y los de ahora, ¡qué distintos!, aunque considero que no nos querían menos que los de ahora. Si llegabas a casa y le decías a tu padre que el profesor te había pegao un "zurriagazo", te decía que algo habías hecho y que seguro que lo merecías. Hoy día cuando un hijo le dice a sus padres que el profesor le ha penado van a recriminarle que la tiene cogida con su hijo y que pobre de que siga en esa actitud porque se las puede ver con una denuncia por maltrato psicológico.
Estamos pues con la ley del péndulo, hemos pasado de un extremo al otro, pero yo digo, ¿no se puede sacar nada bueno de la educación de antes para aplicarla con nuestros chavales para luchar contra el absentismo escolar y el fracaso escolar?
De todas formas, decir a los padres de ahora que los que vivimos la educación de antes, a pesar de todo, la añoramos y si la añoramos es porque algo tendrá de positivo, pues a ver si se puede sacar lo positivo de la educación de antes para aplicarla en los nuevos tiempos que vivimos, y que quede claro que ¡no quiero decir que se aplique el castigo como herramienta en la escuela, ni mucho menos!, es cuestión de actitudes.
Jose L.

Sergio Naranjo dijo...

Quedan un par de escritos agrios que, con el permiso del dueño de la casa, iré intercalando con otros, amables y hasta graciosos. Se verá que no todo era malo. Eran otros tiempos. Ahora bien, la apostilla del amigo Jose L. me ha hecho recordar la regla que usaba Doña Miriam: se llamaba "Catalina". Una parte de su esmerado barniz oscuro me cató las huellas digitales.

Esteban G. Santana Cabrera dijo...

Amigo Sergio, bien sabes que tienes las puertas de este blog abiertas a tus escritos y apuesto que los mejores están por llear. Un saludo