lunes, 7 de mayo de 2018

Soy Diego González García, soldador

Se aferra a su identidad aunque casi no sepa quien es y el pasado lo arrastre entre barrancos iracundos rebosantes de aguas rabiosas, el más remoto, el del olor a platanera y tierra fértil, de cuando estaba en un cajón de madera hasta los seis años por no poder caminar, las enfermedades, el hambre extrema, la desnutrición lo convirtieron en un niño pequeño, una criaturita, más pequeño que todos los demás, pero que un día salió de la caja, su espacio de juegos, magia y fantasía y llegó con paso firme al patio viendo majestuosa la montaña de San Gregorio.

Se paró en la puerta, llovía levemente en aquel mayo, una lluvia fría de gotas finitas, parecían pequeñas navajitas cayendo del cielo negro, ese año el invierno no quería marcharse, se aferraba a ese latir del humilde rincón del universo donde nació aquel hombre ahora postrado en un hospital, callado a veces, otras hablando cosas para nosotros incoherentes, para él las más lógicas del mundo, las del niño perseguido, víctima del terror fascista, cuando vio con sus propios ojos la Nochebuena más triste el 24 de diciembre del 36, cuando la jauría, la manada, entró en su humilde casita para arrojar a su hermano Braulio de cabeza contra la pared de picón.

El cree que la ventana por donde no se ve el exterior es una especie de pantalla de recuerdos insondables, a veces las gotas de lluvia la recorren -Son lagrimas- dice sombrío, con ese color amarillo de las habitaciones de las clínicas, se ríe como si no fuera con el ese estado de cercanía con la muerte, la que nos persigue desde que llegamos a la tierra desnudos, bañados en sangre, amor y líquido amniótico.

Ayer me dijo que vio un gato, un gato blanco y negro, feliz, que saltaba de cama en cama, jugando con la inmensa tribu de viejos desahuciados, el gato que se asomaba a su puerta con una sonrisa gatuna, unos bigotes que el quisiera dibujar para sus nietas si sus manos temblorosas lo ayudaran, ponerle el nombre de sus queridas chiquititas, su nombre Diego, unidos con un corazón de los de antes, a los de Famara e Iraia, atravesado por las flechas de Cupido.

Me llamo Diego González García, soy soldador, dijo, luego se quedó mirando al vacío, el pañal, el mal olor, la incomodidad de la dependencia de los otros, luego se entretuvo observando el pasillo, ese espacio-horizonte donde a veces pasa la gente, “fulanos” dice, hombres y mujeres que pasan andando rápido, unas de blanco, otras con trajes de colores y el gato que juega con las cortinas infinitas del recuerdo.

Cuando vino Edu Robayna el periodista para el reportaje en Diario Público, no tuvo problemas en aferrarse a la foto de Francisco, su padre fusilado, para las fotos, la agarró con sus manos quemadas por las soldaduras, las vías para el suero y la medicación, no dijo nada, quizá vio algo en el fondo de su mente confundida, esa galaxia de pequeños ictus que lo alejan de lo que llamamos realidad y quizá no sea más que un sueño infecundo.


Me llamo Diego González García, soy soldador, el verdadero viaje comienza ahora.


Escrito por: Francisco González

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