domingo, 6 de diciembre de 2009

El bazar de Sarito


Dicen que somos como los otros nos ven. En estos días he recibido un email de Sergio, alguien que vivió desde fuera una parte de mi infancia, aquella en la que tenía que despachar en el bazar de mi madre siendo aún un niño, y los momentos del fallecimiento de mi padre, allá por el año 1978. Les dejo con su comentario y desde aquí vuelvo a agradecer a Sergio sus palabras.
"En noviembre de 1973, un problema con el transporte escolar echó a los niños de San José del Álamo desde el colegio del Toscón hasta el colegio matriz, el Colegio Nacional Adán del Castillo de Tamaraceite. Allí estaba yo también, nacido en 1965, en tercero de E.G.B., metido en uno de aquellos patíbulos móviles que eran las guaguas de Pedro Tovar. Me tocó de clase la V-2, nombre de bomba, qué horror, y era mi maestro un tal Don Calixto. Había actividad de plásticas por las tardes, depués de almorzar en el comedor la comida que hacía Tomasita, y las daba un tal José Luis. En la hora del recreo nos íbamos a las orillas de las rejas, enfrente de uno de los dos bazares. Yo iba mayormente al "bazar de abajo", y con los demás me ponía a chillar histérico aquello de: ¡Saaaariiiiitoooooooooo! Al cabo de un rato, una mujer salía del bazar, dispuesta con un par de cestas que contenían todas las chucherías que se venden en un bazar: Donuts, flanes, pipas, millo... Antes de empezar las clases o al terminar, esperando la guagua, nos metíamos en el bazar. Recuerdo la configuración exacta del local y la disposición de todos los productos. Allí había un hombre a veces, Estebita, que unos años más tarde se fue deteriorando y ya no despachaba, casi siempre sentado en una de aquellas sillas de formica. En la puerta de aquel bazar vi por primera vez en mi vida, tiempo más tarde, un cartel que decía "cerrado por duelo". Pero a Estebita no lo vimos más. O quizá sí: Tenía varios hijos y una hija. Había uno que era la viva cara del padre, incluyendo las gafas, aquellas de lágrimas, de montura plateada y cristales azulados. Cuando le tocaba ir a despachar, perdida la pelea que se montaba en la casa a grito pelado, llegaba al mostrador y con un genio de mil demonios, despachaba. Es decir, me vendía lo que le había pedido y me enseñaba el camino de la calle sin mayor miramiento. Y aquella cara era la de Estebita, aunque el genio yo creo que venía de otro lado. Años después, he visto comentarios en prensa que me han hecho pensar que quizá yo conociera a ese hombre tan orgulloso de su Tamaraceite, y por una cosa y otra he acabado en este blog, he visto tu cara. La cara de Estebita. Me alegro de volverte a ver, y a leer. Me traes los recuerdos de una parte de mi vida que no puede escindirse sin truncarla. Y permíteme que me presente: Sergio Nicolás Naranjo Hernández, de San José. Alto, feo, y entonces flaco".

1 comentario:

trico dijo...

Todavia me acuerdo de esperar la llegada de la Micromania!!, que tardes :-D