jueves, 21 de abril de 2011

Los Viernes Santos de antes

Chicas de Tamaraceite preparándose para ir a misa.
Todavía recuerdo en mi niñez aquellos viernes santos solemnes, donde solo se escuchaba música clásica y te podías llevar un buen "coscorrón" si se te ocurría entonar alguna canción que no fuera religiosa.
Pero el viernes santo comenzaba realmente, por lo menos en mi familia, el jueves por la noche, cuando después de la misa de jueves santo acudíamos a visitar los Monumentos o las Siete Iglesias. Era un ritual visitar los Santísimos y acabar en Tamaraceite a las 10 de la noche para la Hora Santa, una hora de reflexión y oración delante del Monumento para a continuación hacer el Vía Crucis por las calles del pueblo. Durante un tiempo tuvimos la oportunidad de disfrutar del Vía Crucis Viviente que tan brillantemente se interpretaba por nuestras calles y que tenía como actor principal a Cillo en el papel de Jesús y donde se implicaba buena parte de nuestra gente, algunos incluso poniendo las luces de los coches en el Campo de la Manzanilla para que se pudiera ver el momento de la crucificción.
El viernes amanecía en silencio, se hablaba lo menos posible porque Jesús moría esa tarde y por supuesto no se comía carne. Lo tradicional era el sancocho de cherne salado con papas sancochadas y batata. ¡Tenías sed hasta el día siguiente! A las 5 había que acudir a la iglesia a escuchar el Sermón de las 7 Palabras y a besar la cruz para a continuación salir en procesión por nuestras calles con un respeto absoluto. Los hombres iban de luto, con corbata negra, las mujeres, algunas con mantilla y nada de colores chillones. Los hombres iban tras el Cristo Yacente y las mujeres tras la Vírgen de los Dolores o de San Juan que también se sacaba en aquellos años de mi niñez.
Hasta el sábado por la noche no se podía poner música, ni cantar, ni sonaban las campanas, hablar lo imprescindible y en algunos pueblos sonaba la "matraca", una especia de rueda que hacía ruido y que sustituía a las campanas.
El día de luto acababa el sábado por la noche con la Vigilia de Resurrección, que no podía ser antes de las 12 de la noche, y donde se quemaba a Judas en la Plaza como símbolo de quema del pecado y de aquél que había entregado a Jesús hacía dos días.
Los tiempos cambian, pero gracias a Dios que muchas de estas tradiciones no han cambiado, porque como decía hoy un octogenario entrevistado para una televisión nacional, la fe es la que da la vida. Y no deja de tener toda la razón porque estudios recientes dicen que los creyentes viven más. ¿Por qué será?

jueves, 7 de abril de 2011

El matador de Tamaraceite

Las Palmas de Gran Canaria era, en 1985, una ciudad entregada a la Unión Deportiva que, a través de Willie Jones, se enganchó al baloncesto
MARTÍN ALONSO Willie D. Jones aterrizó en Las Palmas de Gran Canaria en el verano de 1985 para enrolarse en las filas del Claret, un equipo que en ese momento asomaba por primera ocasión en su historia en la Liga ACB y que en su propia ciudad debía convivir con la relevancia total de la Unión Deportiva Las Palmas.
Reclutado bajo un contrato temporal, Willie D. Jones no tardó en fascinar a directivos, técnicos, compañeros y, en especial, a aficionados.
Acudir en peregrinación a Tamaraceite, donde se ubicaba el feudo del actual Granca antes de la construcción del Centro Insular de Deportes, se convirtió en un acto continuo de veneración para todos los apasionados del baloncesto, que en el jugador de Buffalo encontraron la primera leyenda de un club que empezaba a emerger.
Aupado sobre 204 centímetros, sustentados sobre dos finas piernas que ejercían como auténticos muelles, Willie D. Jones convirtió la suerte del mate en un arte de una belleza plástica superior.
Semifinalista en el concurso de mates del All-Star celebrado en San Benito en 1986 (injustamente eliminado en la ronda de semifinales), cada vuelo de Willie D. Jones se celebraba en Tamaraceite con la vehemencia de una parroquia de fieles totalmente entregada.
Pero no sólo del mate vivía el ala-pívot estadounidense, un anotador compulsivo, productivo cerca y lejos del aro, rentable tanto de cara como de espalda a la canasta, capaz de promediar 26,4 puntos por partido (disputó 27 encuentros) en su debut en la ACB.
Formado en la Universidad de Vanderbilt, antes de dar el salto a Europa tuvo una oportunidad en la NBA con los Clippers de San Diego, donde disputó 13 partidos en dos temporadas. De allí dio el salto a Italia, donde jugó en el Master Valentino Roma. En España también militó en el Gin MG Espanyol y Valvi Girona, aunque siempre será recordado como el matador de Tamaraceite.
Fuente: La Provincia




miércoles, 9 de marzo de 2011

Guedes, 40 años jugando en el cielo



Hace 40 años, el Cielo fichó a un jugador de gran proyección en la UD Las Palmas. Espigado, señorial, siempre sonriente y de gran personalidad dentro y fuera del campo. Un jugador que amaba Tamaraceite, su tierra y sus colores como nadie lo hará jamás, hasta el punto de desestimar ofertas de clubes grandes de la Liga Española. Después de 40 años los aficionados del equipo amarillo le recuerdan en el centro del campo con su estilo peculiar y sabedor de ese buen don que tenía para manejar el balón. Lo mimaba, lo quería, lo acariciaba y lo regalaba para que sus compañeros marcaran esos goles que hoy en día tanto echamos de menos. Recuerdo aquel día siniestro, siendo yo pequeño, aquella llamada de teléfono desde la Clínica Santa Catalina comunicándole a mi familia que Juan había fallecido. Aquel recuerdo de un niño de cinco años se quedó tan marcado que todavía tengo grabado en mi retina aquella conversación corta, las lágrimas y el llanto de los mayores. No sabía qué ocurría pero imaginaba que algo importante y duro estaba pasando, un jugador, un amigo se había ido para siempre. Espero que desde el Cielo sigas dando buenas tardes de gloria a todos los aficionados que como tú ya no están entre nosotros.

sábado, 5 de marzo de 2011

Una de mascaritas, de las de antes.

Este fin de semana de Carnaval es largo para muchos, sobre todo para los más pequeños. El otro día hacía una reflexión en voz alta sobre que los carnavales de ahora son más unas fiestas para ver que para disfrutar. Desde el sillón de nuestra casa podemos sentarnos a ver los concursos de murgas y de comparsas, las Galas de la Reina y Drag  y hasta la Cabalgata, sin cansarnos y sin perdernos detalle. El Carnaval es cada vez menos de la calle y más de la tele. Todo se hace en función de la caja tonta, los concursos de murgas, las galas, todo. Echo de menos, y eso que no soy muy mayor, o al menos eso creo, aquellas fiestas de carnaval de las 5 de la tarde en la Sociedad de Recreo o Círculo Tamaraceite. También aquellos bailes en el Cine Galdós de las 10 de la noche después de haber recorrido la Cabalgata y regresar "medios fundidos" de hacer el trayecto Puerto Las Palmas al son de la música. Pero no era solo eso. Lo genuino del carnaval de mi niñez era vestirse de "mascarita" con todos los trapos viejos o no que hubiera por la casa, tapándonos lo más que pudiéramos para no ser reconocidos. La tradición consistía en los niños vestirse de niñas y las niñas de niños. De los tobillos acabábamos "esrengados" de los zapatos de tacón que cogíamos a la escondida de nuestras madres, arriesgándonos a que nos cogiera y nos diera una "nalgada". Por esa época los carnavales estaban prohibidos pero se permitían, incluso las autoridades hacían la vista gorda en muchas ocasiones. Luego íbamos de casa en casa pidiendo un "guevito" o alguna monedilla para comprarnos en la tienda de Carmita Déniz alguna chuchería. En las tiendas no habían disfraces como ahora solo se vendían las caretas, unas de tela, un antifaz con una tela del mismo color para que no se reconociese, o caretas de plástico que no podías tener puesta más de diez minutos ya que corrías el riesgo de que te diera un "soponcio". ¿Y se acuerdan de aquellas narices con gafas? Muchos son los recuerdos de aquellos años del carnaval popular, donde las mascaritas corrían el riesgo de salir paleados por la policía en las famosas y únicas fiestas de carnaval de la isla como eran las de Agüimes y las de Cardones, donde acababa toda buena mascarita que se preciase. Ahora para estar en los mejores Carnavales del mundo no hace falta moverse de casa, pero desgraciadamente lo que no puede dar aún la tele son sensaciones y sentimientos, y ¿saben lo que les digo? que para eso me quedo con mis recuerdos de la niñez y así de año en año los vuelvo a vivir y hoy los comparto con ustedes.

sábado, 12 de febrero de 2011

Mi madrina Rosa

Por: Sergio Naranjo
Yo fui el último chiquillo que nació en San José del Álamo, porque Juan Luis y Senén, los siguientes, ya nacieron en clínicas y vinieron a los tres días, envueltos en ropas blancas y caras, contenidos en unas raras canastillas. A ellos nos los trajo la cigüeña, no les cortó el ombligo Inesita Herrera ni se recibió su llegada con aquella reunión familiar donde con las parturientas no podía haber hombre alguno. Por ellos no hubo que salir en busca de don Juan Guerra allá abajo al Puerto, para que diera el visto bueno. Y, años más tarde, yo también fui el último que tuvo en blanco y negro su foto de primera comunión. Hasta mi primo Jesús, el de Piletas, que apenas tiene seis meses menos que yo, aparece en color en la suya.
No teniendo al alcance aún en mi caso los adelantos médicos, se llevó a cabo por última vez conmigo otra tradición. Por lo visto, nací un viernes, y como no venía don Juan hasta el lunes si la cosa no era de urgencia, le fue pareciendo raro a mi gente que yo me fuera poniendo amarillo. Y temiendo por mi vida salieron a la mañana siguiente rumbo a La Milagrosa para bautizarme de urgencia, con lo que fue aquella fecha la primera de la mala fama que con razón tiene el 11 de septiembre. Atravesando el barranco del Pedregal, Las Labradoras, el barranco del Laurelar, subiendo la cuesta del Morro, dejando atrás El Masapez y su barranco con la breve parada en casa de mis abuelos maternos, se subió al fin La Cuesta, para entrar en la plaza por El Calvario. Todo ese camino hice en brazos de mi madrina, más de una hora bajo del ardiente sol del último tramo del verano.
Se hizo el bautizo al modo de antes, con la pila lo más cerca de la puerta de la calle. Y cuando don Santiago Pérez preguntó cómo le iban a poner al niño, el guasón de mi padrino recordó los chistes de Pepe Monagas, que contados por Pepe Castellano estaban tan de moda entonces, y viendo por primera vez a su ahijado presto a cristianar, sugirió que me bautizaran por los pies, que sería un pecado mortal derramar tanta agua bendita. Fue mi madrina quien me defendió ya desde mi primer mal trago y se me bautizó por la cabeza, aunque aquel día Santos Martel vendiera todos los trapos que le quedaban en la tienda para limpiar el ceneguero.
En estos días he estado observando las fotos del barranco de Tamaraceite de banda a banda, y el color verde de las antiguas fincas, ahora abandonadas y reducidas a míseras estampas del recuerdo esplendoroso. Allá lejos en el cauce aún sigue destacando el color de la Casa de Pico, aunque son más de una, donde mi madrina residió tantos años con su rancho. Allá tengo numerosas anécdotas, de las cuales alguna contaré en otra ocasión. Allá se enlaza de nuevo, a través de la gente que tuvo relación con esa finca, la historia de los pagos alrededor de nuestro Pueblo, Tamaraceite. El pasado y el presente de todos estos paseos por el Tamaraceite de dentro y de fuera, de antes y ahora, aunque ahora muchos se sorprendan al ver relación entre todos estos pagos. Pero es que un día Tamaraceite fue pueblo y no un barrio como ahora.
Y yo recuerdo ahora a mi madrina Rosa de Lima, hermana de mi madre, aquella a quien tan acertadamente supo homenajear Pepe Lezcano con su poesía. Su adiós tan tempranero y cruel, que así es la vida, ella se partió el alma bajo el calor para que yo no muriera sin bautizar y yo no pude portarla hasta San Lorenzo por última vez.
Qué no habría que no me disculpara, que no atendiera con su sonrisa y su ternura. La bendición de Dios, madrina.



lunes, 31 de enero de 2011

Las fiestas de San Antonio Abad de antes y las de ahora

Las fiestas de San Antonio Abad de Tamaraceite no tienen nada que ver con las de antes, ni mejor ni peor, distintas. Una cosa que las diferencia es la participación. Antiguamente, los medios de comunicación con otros lugares de la isla eran escasos, la gente no tenía coche, no había centros comerciales ni de ocio, ni televisión y pocos aparatos de radio. Por ello todos se volcaban con las fiestas, las vivían y las sentían suyas. Había actos que eran multitudinarios como las carreras de bicicletas en la Carretera General, los papagüevos, los bailes en el Cine, en la Sociedad de Recreo o en La Plaza y cómo no, las recordadas carreras de caracoles en el Cine. Asimismo se representaban obras teatrales cuyos actores eran naturales de Tamaraceite, aunque siempre había alguno de barrios cercanos.
Nunca faltaba en nuestras fiestas la elección de la Reina, a la que se presentaban las mozas más guapas de nuestro pueblo y era un acto que quedaba muy lejos de ser discriminatorio para la mujer, al contrario, porque ellas, que no tenían un papel muy relevante en la sociedad de aquellos años, se sentían reinas por unos cuantos días y eran admiradas y ovacionadas por todos, hombres y mujeres, grandes y chicos.
Las misas nocturnas en la ermita de La Mayordomía las tengo aún en la retina, cuando en ésta los asientos eran de troncos de palmeras. La gente iba alumbrándose con pequeñas linternas para no caerse y ser vistos por los coches que pasaban por allí. También en la ermita se realizaba la bendición de los animales. En esto también hemos cambiado porque antes la gente traía sus cabritas, sus ovejas, sus gallinas y ahora lo que predominan son las serpientes, los perros de raza y algún pájaro de colorines.
Las funciones religiosas eran multitudinarias y solemnes y el traje y corbata en los hombres no podía faltar, aunque en la iglesia estuvieran detrás de pie.
Los bailes al son de La Tropical o Los Covina eran seguidos no solo por nuestros vecinos sino que venía gente de afuera por su fama y en los descansos se llenaban los bares de la Carretera. En las Fiestas de San Antonio Abad lo que no faltaba nunca eran los bizcochos de Doña María Villegas, su fama era tal que se vendían todo el año y la gente hacía parar el coche de hora para comprarlos.
Ahora hay actos entrañables y novedosos como exhibición de perros y de coches, castillos hinchables, etc., pero como mis fiestas de antes...

viernes, 24 de diciembre de 2010

La Navidad de antaño

Hoy quiero felicitarles de una manera especial, con un recuerdo de Navidad de nuestra amiga Eva Molina. Muchas felicidades a todos y a vivir la Navidad.

De la Navidad de antaño, lo más, era hacer un pequeño Belén en casa, (tengase en cuenta que yo soy mayor ¡eh!) Salía con mi madre a buscar pitas pequeñitas y trozos de musgo que arrancaba metiendo un cuchillo o algo similar, por otro lado mi madre unos cuantos días antes plantaba alpiste en unas cajitas de madera vacías en las que venía lo que llamaban conserva de membrillo o guayaba (hoy crema de…)¡Era muy bonito vivir aquello! Con mucha sencillez pero…el Bélén era lo primero en casa, aun creo recordar el olor del musgo cuando pasaban los días…
Siempre fuimos poquitos en casa, mis padres y mi hermano y yo, así que no había mucha fiesta, ¡eso si! como dice Esteban, el baifo o el conejo en adobo no se perdonaba, mi madre hacía las truchas, el relleno y el hojaldre de afuera y eso que trabajaba en la finca, no había lavadora ni tantas cosas que tenemos hoy, pero no se porque antes daba tiempo para todo. Recuerdo que hacía la masa para los mantecados y lo que antes llamaban un “queque” y que hoy se llama de otra forma pero viene a ser el mismo pastel.Luego yo lo llevaba a un horno de pan a cocinarlo. Hubo un tiempo en que se elaboraban los licores en las casas (Fue una moda?)¡Qué peligro! Lo cierto es que las recetas licoreras se pasaban de amiga a amiga, ja,ja,ja.
Compraban el alcohol ¿para licor? en las drogerías o farmacias y las esencias preferidas y podías encontrar en las casas los licores caseros más variados, café, anis, fresa, naranja etc, ¡vaya atrevimiento! Pero no oí decir nunca que se murió nadie, jeje.
Hoy creo que la Navidad para muchos es más consumismo que lo que realmente se celebra.
De todos modos yo de estas fechas me quedo con lo que conlleva el revivir el nacimiento de Jesús, sinceramente nunca he sido una persona ni que me guste organizar una de estas fiestas ni me gusta vivirlas. No me importaría que el tiempo diese un salto del 24 de Diciembre al 7 de Enero. Debo parecer patética pero… la vida va marcando unas pautas, unas desilusiones y la familia se dispersa etc, para mi hoy por hoy no le encuentro ningún aliciente a las fiestas. El día de Reyes cuando te has visto con todos y se van te queda una sensación de vacío, de soledad…en fin.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Hoy volví a Tamaraceite

Nuestro buen amigo Sergio Naranjo volvió a Tamaraceite y a su iglesia tras muchos años y muchas anécdotas y insabores. Por lo que parece el reencuentro con su pasado no fue del todo negativo y pudieron aflorar los momentos buenos que por lo que se lee, sí que los hubo.
Nada más entrar, cientos de ojos se volvieron desde el recuerdo hacia mi persona, mientras una docena larga de otras personas rezaban el rosario. No había tiempo, pero no pudo haber prisa durante un rato.
Mi vida retornó, veinticinco años son muchos, tantos como los que a veces hay quien no viva, o quien haga su vida en tanto tiempo. Pero volví. La sensación de familiaridad era la misma, los bancos iguales, las cristaleras son maravillosas, el presbiterio sigue irradiando majestuosidad. El mural de don Jesús luce ahora algo descolorido porque la luz es mucha; antes, con menos luz brillaba más y los tonos azules se resaltaban mejor.Las imágenes me siguen llamando, me siguen diciendo sus cosas, me siguen preguntando por las mías. El confesionario está donde siempre, aunque el que está no sea aquel que todos mis secretos sabía.
Don Luis seguía mayestático con los brazos en su barriga; don Francisco seguía increpando a la gente lo poco que gana un cura; don Olegario me sigue echando a mí la culpa de que la gente no vaya a misa.
Y un falangista da las órdenes en la plaza; y un coro canta aquellas maravillosas canciones de la Transición; y el pueblo está situado en sus lugares habituales; y aquella vez que le juré amor a una chiquilla ante el altar; y los bautizos y las comuniones y las bodas y el adiós a tanta gente conocida, gente que era mi gente.
Y el Belén, aquella fantástica parada en el recorrido por mis recuerdos.
El Belén que es un trozo de la maravilla que es la promesa del Adviento. Chispeante, gracioso, bien hecho, detallista, expresivo, cándido, despensa de amor generoso que se ofrece, ese es el Belén, con aquellos recuerdos encima, para que nadie olvide a quien está en el olvido de quienes se creen alguien.
Hoy he estado en Tamaraceite. Quise ir de pasada, no tuve tiempo para más. Pero ya es imposible no volver. A aquella plaza, donde mi hermano metió la cabeza entre los balaustres y casi se hubo de llamar a un albañil para sacarlo de allí. Aquella plaza de tantos cuchicheos y gritos, de ratos robados y alegría regalada.
Hoy estuve en casa. Don Bartolo me miró y me sonrió, casi me olvido de él. Hoy volví a Tamaraceite.


Sergio Naranjo

domingo, 21 de noviembre de 2010

Un catarro de noviembre


Don Aurelio, el médico,  en su despacho de Tamaraceite
a finales de los 50.
Por Sergio Naranjo.

Aquel mes de las Ánimas nos lo pasamos casi todos rezando. Unos para que Dios le salvara la vida al Caudillo; otros para que no lo salvara ni Dios; el amigo Juan intentando pasar un catarro sin ir al médico, ahí arriba, en esos lomos de La Milagrosa. El invierno había sido tempranero, algunas vaguadas corrieron, la hierba nació y al llegar noviembre el pizco de sol de las mañanas evaporaba la humedad que por las tardes era relente frío y denso. Juan agarró un catarro de pecho y aquel jalío, aquella tos, que él intentaba curar con ron y miel de abeja, en vano.

Una tarde que Frasquita lo tenía hasta la coronilla y el ron hasta el cuello, decidió virar para Tamaraceite, allá que se vio abicando y temiendo que lo llevaran para San Lorenzo. Dejó los animales comidos y lomo abajo jaló para el pueblo, a la consulta de don Aurelio, que como era sabido recetaba siempre un viaje de medicinas. Que si pastillas, que si jarabes, más pastillas, unos sobres, qué sabe uno. Y cuando te veas muy agoniado te pones un supositorio, no más de dos al día.

Sale el hombre de la consulta y cuando pasa por delante del Bar Mesón del Ovejero asoman un par de conocidos que lo invitan, que bien de tiempo jace que no los vemus, vamos a echarlus un pizco, hombre. No tuvo el hombre más remedio que acceder, pero deprisa que se me cierra la noche para llegar a mi casa, malo como estoy, un pizqui-to ná má. Total, cada uno pagó el suyo y la cosa fueron tres pizquitos. Sale el hombre rumbo al Cruce de San Lorenzo y en la farmacia de abajo se compró el viaje de medicinas que le recetó don Aurelio. Por más comodidad, en la bolsa que le dieron echó la cartera y la llave. Se dispuso a salir, casi oscureciendo, a esperar la guagua, cuando pasó un conocido que lo llevó hasta San Lorenzo, pero al llegar lo invitó a echarse un pizco en el bar de unos con dichete que no se nombra. Allí había otro par de conocidos que le siguieron la rumba y como cada cual pagaba el suyo, salió el amigo Juan por la calle de La Paz para arriba con cuatro pizquitos más, y no había llegado al Calvario ya se estaba encomendando a la Virgen Milagrosa si alguien lo arrastrara, que si no allí mismo se quedaba.

Y como la Santa Madre no lo abandonó, al momento pasó otro conocido que lo arrastró hasta la Plaza de La Mila-grosa, y cómo le iba a decir que no cuando lo invitó a echarse un pizco en la tienda de Adrián. Aquella era la única luz de la plaza ya de noche cerrada, y entre unos y otros eran lo menos siete, a pizquito cada cual, cuando el amigo Juan salió de esa plaza era casi media noche.

Se encamina el hombre lomo arriba en medio de aquella relentada, aquel vapor, aquel frío, el oscuro completo, el silencio absoluto, el mareo del ron, que cuando llegó a lo alto de un lomito, frente al de la casa de él, se encontró rindiendo el alma y dando cuenta al Señor. En esto se acordó del consejo de don Aurelio y tiró manos a la bolsa, tan-teando en busca de un supositorio. Se atorró donde le pareció y se lo administró. ¡Oiga, mano de santo, cristiano! Aquello fue entrar y ponerse en marcha, que bajó la ladera, cruzó el barranco y subió por el otro lado hasta la casa en un santiamén.

El problema fue que cuando intentó abrir la puerta no había modo y empezó a soltar pétimas. Frasquita, que bien sabía quién era y por qué del caso, salió y cuando lo vio, le preguntó:

--Pero hombre, ¿abriendo la puerta con un supositorio?

--¡Ay, Virgen Milagrosa bendita! Antonces, ¿qué fue el supositorio que me puse yo?

jueves, 28 de octubre de 2010

Los Finaos

Este fin de semana se celebra en muchos lugares de nuestras islas la Fiesta de Los Finaos, popularmente como se conoce a los difuntos, y palabra que hoy en día está en desuso. Las familias y los amigos se reunían para recordar a sus difuntos, contando anécdotas de los mismos a la vez que se comían castañas, nueces o piñas asadas. Después venían  las taifas y las parrandas, culminando así este día de los finaos, eso sí, sin que faltara la misa de los difuntos.
En nuestro distrito, el Ayuntamiento ha organizado este año la Fiesta de Los Finaos, en San Lorenzo, con participación ciudadana ataviada con vestimenta tradicional, al igual que varios grupos musicales. En Tamaraceite también se va a realizar este sábado una fiesta popular a las 8:30 de la noche con asaderos de castañas, ventorrillos y más de una parranda que amenizará la noche. Hay que señalar que esta fiesta, al contrario que la de San Lorenzo, que ha sido financiada por el Ayuntamiento, ha sido organizada por los propios vecinos, por lo que se pide la participación popular.
Antiguamente los chiquillos también participaban en este día de los Finaos, ya que iban de casa en casa, la víspera, el Día de Todos Los Santos, tocando por las casas con unas taleguitas de tela. Cuando les abrían las puertas, los chiquillos preguntaban "hay santos", a lo que habitualmente les respondían afirmativamente, y entonces les ponían en las talegas castañas,  almendras, nueces o higos pasados, y algún que otro dulce, sí había. Al final, los chiquillos los compartían con su familia cuando se reunían para la celebración.
Una pena que se pierdan tradiciones como estas.

sábado, 23 de octubre de 2010

¡Qué tiempos aquellos de la tele en blanco y negro!



.
¡Qué tiempos aquellos! Hoy me he encontrado por casualidad una canción de "Los Triunfitos"  que me ha hecho casi sin querer volver la mirada atrás, cuando la tele unía a la familia no como ahora que se pelean por el mando. Había lo que había y generalmente siempre gustaba. Recuerdos de la tarde de los sábados, en que, sentados enfrente al televisor en blanco y negro de lámparas, esperábamos pacientemente a que comenzaran los dibujos después de la película, que la mayoría de las veces era del oeste americano. A estas series normalmente le acompañaba el bocadillo de jamón con mantequilla o queso y si ese día se podía, generalmente el fin de semana,  el vaso de clipper o baya- baya. Los tiempos cambian y la tele también. Las series de antes eran para todos, porque no había otra. Ahora, afortunada o desgraciadamente, podemos elegir entre no sé cuántas cadenas lo que hace que, incluso en la misma casa, cada cual vea lo que quiera o le apetezca pero sin compartirlo con el resto, sin comentarlo y casi sin disfrutarlo. En Tamaraceite los chiquillos nos íbamos a la tienda de Macriver o a la de Santiaguito Ramos para ver en sus escaparates la tele a color, algo que nos parecía extraordinario y si le preguntamos a los chiquillos de hoy piensan que ha existido toda la vida. Cuando llegó la Segunda Cadena allá cuando comenzaba el Mundial de Naranjito, el del 82, cuando los Mundiales tenían mascota, las azoteas de Tamaraceite se llenaban de antenas del segundo canal y Fernando el de la ferretería se hacía el agosto ya que no daba abasto con la demanda. Recuerdo algún chiquillo, que hoy está por la cuarentena, que se dedicaba a montar antenas en La Montañeta a cambio de una propinilla para poder comprar las cámaras de las bicicletas y los parches para cuando pinchaban. La tele ha cambiado y nosotros también. No sabemos si cualquier tiempo pasado fue mejor, lo que sí que está claro que se compartía más, delante de la tele, sin tanta publicidad y sin estos programas basura que ponen a horas infantiles y que no son aptos ni para mayores de edad en muchos casos. Por esto, hoy he disfrutado de Los Triunfitos, porque me han hecho revivir momentos pasados que ya casi tenía olvidados.

lunes, 18 de octubre de 2010

La luchada

En 1979 yo empecé mi periplo por la Formación Profesional en el Instituto de Arucas, por diversas causas y por haber sido un penco. Más de treinta años más tarde no me arrepiento de ser un humilde electricista. (Ni de haber sido un penco) Durante aquel primer curso 1979-80 tuve el honor y el orgullo de ser conocido allí como “El Tamara-ceite”, aunque dudo mucho que nuestro Pueblo compartiera tales sentimientos.

Mi fama era notable en medio de aquella clase descomunal, cuarenta y tres alumnos en 1º Eléctrico A de FP I, en lo que a cuestiones gimnásticas se refiere. No se ha vuelto a ver chirgueta más malamañado desde esos tiempos. Al menos hasta mediados de los noventa no se tenían noticias de otro que hubiese partido una pértiga en un salto. Ni de nadie que tuviera tanta proporción de caídas fuera del colchón. Si el potro no estaba bien agarrado al suelo, galopaba más que uno de verdad. ¡Oh! Lanzando el disco o la jabalina no paraba ni uno sino detrás de mí. Con eso y con más que daría para un libro y no es el caso, no es de extrañar que cuando me tocaba intervenir a mí se formara primero la expectación general y al final llegara la jarana de costumbre.

Una vez nos llevó el profesor hasta el Terrero Municipal de Arucas, con la loable intención de darnos una clase práctica de Lucha Canaria. Ocupados los asientos en el graderío que tenía aquello, apareció el hombre acompañado por una gigantesca figura a su lado, a quien nos presentó como puntal C del Bañaderos. ¡Jesús por Dios! Si así era un C, un puntal A debería ser lo menos el Coloso de Rodas. Dadas las primeras explicaciones, se pasó a hacer la primera práctica de una de las mañas más populares, la burra. Al momento de pedir un voluntario, ya se puede imaginar quién fue elegido por aclamación popular.

Allá fue este pobre, tan ancho como un pajullo, en medio de un jolgorio que no se veía ni en el Insular, a encararse con aquel luchador equipado con la vestimenta reglamentaria y yo con un chándal negro de raya roja debajo de un pantalón corto rojo, camiseta blanca y playeras de esas azules y blancas, equipado en Casa Marcelita. Al profesor, mal rayo lo partiera, se le escapaba la risa debajo del bigote y se le atragantaba la explicación. El luchador no movió un músculo de la cara ni sus ojos de la mía.

Con gritos de ánimo, sinceros y conmovedores, me animaba mi afición: “¡Ay, Tamaraceite! ¡Muérdele una oreja! ¡Sóplale le sobaco! ¡Písale los ñoños! …” Al momento de fajarme con aquel Goliat y dar los tres piques, se formó una escandalera tan grande que hasta el Cristo Negro se despertó. Pero allí no había David que sirviera, y en un tris tras tuve una panorámica al derecho y al revés de mi linda Vega de Arucas, de conjunto tropical, alfombra de plataneras y todo. Molido como un zurrón, escupiendo arena hasta por las orejas, arrullado por las carcajadas, este pobre gladiador fracasado se levantó como pudo cuando pudo jallarse.

Y mientras encontraba el tino y la cosa se fue calmando, dice el profesor que íbamos a hacer una pardelera. Cuando me explicaron lo que era eso, salí de la arena como un volador: “¡Una pardelera, no…! ¡Un palomar, te voy a dar yo a ti!”

Autor: Sergio Naranjo

jueves, 9 de septiembre de 2010

Bromas que carga el diablo.


Nuestro buen amigo Sergio Naranjo nos envía otro de sus relatos de la infancia. Les advierto que no es apto para cardiacos por lo "espeluznante" de la historia. Lean, lean.




En la plaza de La Milagrosa llegó a haber hasta tres tiendas, de las que quien suscribe acertó a ver dos. Al parecer, un tío de mi abuela Emilia fue el primero que puso una, donde después se hizo la primera escuela del lugar. Frente justo a la iglesia hubo otra, de donde arranca este relato, y a la otra banda una tercera, que cambió de manos en los años cincuenta y que hasta que se fue a Tamaraceite a poner su almacén, perteneció a Santos Martel, miren si somos o no paisanos los de un lado y otro, que quién no conoció el negocio de Santos y no conoce ahora el que rigen sus sucesores.


Yo era chico una tarde casi anochecida brumosa de septiembre cuando nos teníamos que ir al Masapez, a casa de mi abuela y nos hicieron el cuento. El espanto con que después bajé la cuesta no me dejó dormir noches enteras, aquellas noches de luz de candiles, velas y quinqués; rezos de Santo Rosario y ruidos de perros y lechuzas. Y fue la cosa que había unos hombres conversando en aquella tienda, unos tiempos antes, cuando la tenía el padre de Josefita, que fue a quien yo conocí como dueña. Después de pasar un rato se despidieron y uno le preguntó al que se iba solo si no tenía miedo con aquel oscuro, a lo que aquel, a pesar de ser hombre reconocidamente religioso, respondió fanfarrón que todavía no eran las doce de la noche, y siendo día de San Miguel, el diablo estaba suelto y le daba compaña.


Saliendo de la plaza se subía una cuesta muy empinada unos metros antes de llanear, noche oscura con alguna clara que las nubes dejaban pasar a la luna llena. El camino estaba forrado de matorral bajo, pitas y algún acebuche, por encima de donde le pareció al hombre que venía otro siguiéndolo apenas empezó el llano. Esto le sorprendió, porque mientras él iba por el firme, el otro parecía ir en medio del forraje. Unos metros más adelante, cuando se angostaba el camino entre tanta maleza, el misterioso individuo se le aproximó, y empezó a caminar en paralelo.


Angustiado, caminaron unos metros juntos, casi forcejeando la silueta con él. El hombre, primero, le invitó a que pasara, nervioso, aunque lo que más le escamaba era que andaba fuera del camino. Pero la sombra no le contestó. Más bien, intentó arrimarse aún más.


Empezó el hombre a asustarse, no sabiendo qué podía ser aquello. Un rato más adelante, cuando ya viraba la vereda para El Corcovado, lo miró en la negrura de la noche, a ver quién pudiera ser, pero no le veía sino una silueta y un sombrero, sin faz apreciable.


Visto que aquello ya se pasaba de rosca, se detuvo. El otro también, en silencio. Entonces le dijo otra vez que siguiera su camino y que no le estorbara más. Pero el otro no replicaba. Entonces sacó una fosfarera, de aquellas de gasolina, la prendió e hizo luz, a ver quién era, y se aterrorizó: aquello no tenía cara. En el extremo del horror, echó mano de una medalla bendecida que siempre llevaba con él y la besó. De pronto aquella sombra se desvaneció barranquera abajo, y aquel hombre sufrió un repelús al lado del caidero donde aconteció el hecho, de lo cual tardó mucho en reponerse.


Seguramente, el ron de cacharro que se bebió antes de salir daba y sobraba para visiones como aquella. Pero servidor no dice nunca, por borracho que estuviera, que el diablo le acompañe.