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domingo, 19 de diciembre de 2010

Hoy volví a Tamaraceite

Nuestro buen amigo Sergio Naranjo volvió a Tamaraceite y a su iglesia tras muchos años y muchas anécdotas y insabores. Por lo que parece el reencuentro con su pasado no fue del todo negativo y pudieron aflorar los momentos buenos que por lo que se lee, sí que los hubo.
Nada más entrar, cientos de ojos se volvieron desde el recuerdo hacia mi persona, mientras una docena larga de otras personas rezaban el rosario. No había tiempo, pero no pudo haber prisa durante un rato.
Mi vida retornó, veinticinco años son muchos, tantos como los que a veces hay quien no viva, o quien haga su vida en tanto tiempo. Pero volví. La sensación de familiaridad era la misma, los bancos iguales, las cristaleras son maravillosas, el presbiterio sigue irradiando majestuosidad. El mural de don Jesús luce ahora algo descolorido porque la luz es mucha; antes, con menos luz brillaba más y los tonos azules se resaltaban mejor.Las imágenes me siguen llamando, me siguen diciendo sus cosas, me siguen preguntando por las mías. El confesionario está donde siempre, aunque el que está no sea aquel que todos mis secretos sabía.
Don Luis seguía mayestático con los brazos en su barriga; don Francisco seguía increpando a la gente lo poco que gana un cura; don Olegario me sigue echando a mí la culpa de que la gente no vaya a misa.
Y un falangista da las órdenes en la plaza; y un coro canta aquellas maravillosas canciones de la Transición; y el pueblo está situado en sus lugares habituales; y aquella vez que le juré amor a una chiquilla ante el altar; y los bautizos y las comuniones y las bodas y el adiós a tanta gente conocida, gente que era mi gente.
Y el Belén, aquella fantástica parada en el recorrido por mis recuerdos.
El Belén que es un trozo de la maravilla que es la promesa del Adviento. Chispeante, gracioso, bien hecho, detallista, expresivo, cándido, despensa de amor generoso que se ofrece, ese es el Belén, con aquellos recuerdos encima, para que nadie olvide a quien está en el olvido de quienes se creen alguien.
Hoy he estado en Tamaraceite. Quise ir de pasada, no tuve tiempo para más. Pero ya es imposible no volver. A aquella plaza, donde mi hermano metió la cabeza entre los balaustres y casi se hubo de llamar a un albañil para sacarlo de allí. Aquella plaza de tantos cuchicheos y gritos, de ratos robados y alegría regalada.
Hoy estuve en casa. Don Bartolo me miró y me sonrió, casi me olvido de él. Hoy volví a Tamaraceite.


Sergio Naranjo

sábado, 23 de octubre de 2010

¡Qué tiempos aquellos de la tele en blanco y negro!



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¡Qué tiempos aquellos! Hoy me he encontrado por casualidad una canción de "Los Triunfitos"  que me ha hecho casi sin querer volver la mirada atrás, cuando la tele unía a la familia no como ahora que se pelean por el mando. Había lo que había y generalmente siempre gustaba. Recuerdos de la tarde de los sábados, en que, sentados enfrente al televisor en blanco y negro de lámparas, esperábamos pacientemente a que comenzaran los dibujos después de la película, que la mayoría de las veces era del oeste americano. A estas series normalmente le acompañaba el bocadillo de jamón con mantequilla o queso y si ese día se podía, generalmente el fin de semana,  el vaso de clipper o baya- baya. Los tiempos cambian y la tele también. Las series de antes eran para todos, porque no había otra. Ahora, afortunada o desgraciadamente, podemos elegir entre no sé cuántas cadenas lo que hace que, incluso en la misma casa, cada cual vea lo que quiera o le apetezca pero sin compartirlo con el resto, sin comentarlo y casi sin disfrutarlo. En Tamaraceite los chiquillos nos íbamos a la tienda de Macriver o a la de Santiaguito Ramos para ver en sus escaparates la tele a color, algo que nos parecía extraordinario y si le preguntamos a los chiquillos de hoy piensan que ha existido toda la vida. Cuando llegó la Segunda Cadena allá cuando comenzaba el Mundial de Naranjito, el del 82, cuando los Mundiales tenían mascota, las azoteas de Tamaraceite se llenaban de antenas del segundo canal y Fernando el de la ferretería se hacía el agosto ya que no daba abasto con la demanda. Recuerdo algún chiquillo, que hoy está por la cuarentena, que se dedicaba a montar antenas en La Montañeta a cambio de una propinilla para poder comprar las cámaras de las bicicletas y los parches para cuando pinchaban. La tele ha cambiado y nosotros también. No sabemos si cualquier tiempo pasado fue mejor, lo que sí que está claro que se compartía más, delante de la tele, sin tanta publicidad y sin estos programas basura que ponen a horas infantiles y que no son aptos ni para mayores de edad en muchos casos. Por esto, hoy he disfrutado de Los Triunfitos, porque me han hecho revivir momentos pasados que ya casi tenía olvidados.

jueves, 9 de septiembre de 2010

Bromas que carga el diablo.


Nuestro buen amigo Sergio Naranjo nos envía otro de sus relatos de la infancia. Les advierto que no es apto para cardiacos por lo "espeluznante" de la historia. Lean, lean.




En la plaza de La Milagrosa llegó a haber hasta tres tiendas, de las que quien suscribe acertó a ver dos. Al parecer, un tío de mi abuela Emilia fue el primero que puso una, donde después se hizo la primera escuela del lugar. Frente justo a la iglesia hubo otra, de donde arranca este relato, y a la otra banda una tercera, que cambió de manos en los años cincuenta y que hasta que se fue a Tamaraceite a poner su almacén, perteneció a Santos Martel, miren si somos o no paisanos los de un lado y otro, que quién no conoció el negocio de Santos y no conoce ahora el que rigen sus sucesores.


Yo era chico una tarde casi anochecida brumosa de septiembre cuando nos teníamos que ir al Masapez, a casa de mi abuela y nos hicieron el cuento. El espanto con que después bajé la cuesta no me dejó dormir noches enteras, aquellas noches de luz de candiles, velas y quinqués; rezos de Santo Rosario y ruidos de perros y lechuzas. Y fue la cosa que había unos hombres conversando en aquella tienda, unos tiempos antes, cuando la tenía el padre de Josefita, que fue a quien yo conocí como dueña. Después de pasar un rato se despidieron y uno le preguntó al que se iba solo si no tenía miedo con aquel oscuro, a lo que aquel, a pesar de ser hombre reconocidamente religioso, respondió fanfarrón que todavía no eran las doce de la noche, y siendo día de San Miguel, el diablo estaba suelto y le daba compaña.


Saliendo de la plaza se subía una cuesta muy empinada unos metros antes de llanear, noche oscura con alguna clara que las nubes dejaban pasar a la luna llena. El camino estaba forrado de matorral bajo, pitas y algún acebuche, por encima de donde le pareció al hombre que venía otro siguiéndolo apenas empezó el llano. Esto le sorprendió, porque mientras él iba por el firme, el otro parecía ir en medio del forraje. Unos metros más adelante, cuando se angostaba el camino entre tanta maleza, el misterioso individuo se le aproximó, y empezó a caminar en paralelo.


Angustiado, caminaron unos metros juntos, casi forcejeando la silueta con él. El hombre, primero, le invitó a que pasara, nervioso, aunque lo que más le escamaba era que andaba fuera del camino. Pero la sombra no le contestó. Más bien, intentó arrimarse aún más.


Empezó el hombre a asustarse, no sabiendo qué podía ser aquello. Un rato más adelante, cuando ya viraba la vereda para El Corcovado, lo miró en la negrura de la noche, a ver quién pudiera ser, pero no le veía sino una silueta y un sombrero, sin faz apreciable.


Visto que aquello ya se pasaba de rosca, se detuvo. El otro también, en silencio. Entonces le dijo otra vez que siguiera su camino y que no le estorbara más. Pero el otro no replicaba. Entonces sacó una fosfarera, de aquellas de gasolina, la prendió e hizo luz, a ver quién era, y se aterrorizó: aquello no tenía cara. En el extremo del horror, echó mano de una medalla bendecida que siempre llevaba con él y la besó. De pronto aquella sombra se desvaneció barranquera abajo, y aquel hombre sufrió un repelús al lado del caidero donde aconteció el hecho, de lo cual tardó mucho en reponerse.


Seguramente, el ron de cacharro que se bebió antes de salir daba y sobraba para visiones como aquella. Pero servidor no dice nunca, por borracho que estuviera, que el diablo le acompañe.

sábado, 14 de agosto de 2010

La cometa


Sergio Naranjo es un habitual de este blog y con sus recuerdos hace transportarnos a tiempos pasados que quizás, no fueron mejores que estos, pero sí igual de duros. Ilusiones de un niño de la época que trataba de construir con esfuerzo su artilugio volador que llamábamos cometa y poder echarla al viento, de papel de seda de colores y pequeñas tiras de madera que sólo aguantaba una "echada", como la de Sergio.


El día del Pino de 1973 fue el último de aquellos años en los que mi padre me llevaba a Teror caminando para la Fiesta por las mañanas y regresábamos pasado el ardiente mediodía, en medio de aquel paisaje que el cambio climático del año siguiente se llevó por delante. En el fondo de un barranco fue cuando mi padre me avisó de una cometa en lo alto del cielo, bellísima.

Resaltaba contra el cielo azul lechoso de aquel mediodía de septiembre su gama de colores que iban del rojo más intenso al verde más delicado, pasando por todos los amarillos. Era tal el garbo con que alguien la manejaba que parecía estar pegada al firmamento, sólo un leve movimiento se apreciaba en la grácil cola, larga y jalonada de pequeños trozos de papel graciosamente escogidos.

Fue tal la impresión que nada más llegar me puse a la tarea, que duró unos quince días en hacerse. El lugar escogido para el estreno fue la ladera que hay por debajo del Llanillo, hacia Lomo del Medio, terreno yermo de pastizales agotados por el verano en espera de las lluvias que reverdecieran el ambiente y los habituales rebaños de ovejas que aprovechaban el lugar. Tierra caliza, piconera, de pequeños guijarros apenas salpicados por matas de cerrillos secos y algunas gamonas. Hoy todo aquello se conoce como Área Recreativa San José del Álamo, está lleno de árboles, barbacoas y borrachos.

Fui en compañía de los habituales chiquillos de mi edad, que bajo la convincente promesa de una trompada se resignaron a verme ser el primero en echar la cometa, mientras ellos aguardaban su turno, a pesar de que alguno llegó a poner más material que yo para hacerla. Salí corriendo, jalando por aquella animalada que pesaba creo más que yo, tratando de poner en práctica nuestros rudimentos aeronáuticos, hasta que por fin, medio kilómetro más abajo, aquella monstruosidad se chocó con una corriente de aire en contra y se estampó contra el cielo.

Me pasó como al pintor que se agarra de la brocha cuando se cae del andamio, y no sé por qué me resultó imposible soltar el hilo carreto con el que sujetaba la cometa. De pronto me vi que los pies apenas rozaban el suelo con la punta y algunos pasos fueron en vacío, por unos momentos ingrávidos, hasta que lo mal que habíamos hecho el invento quebró, se oyó un chasquido y en esto la gravedad asomó de repente y yo me pegué un zarpazo que las ovejas de Remigio estuvieron mucho tiempo celebrando.

Adiós, gama de colores verde oscuro y marrón de un saco de papel de piensos Biona; cola larga jalonada de tablillas procedentes unas cajas de conserva de aquellas de Conchita Cuban Guayaba Paste; pérfidas cañas que no soportaron el empuje del viento; y adiós piloto de mala muerte, que aparte de las risas inmisericordes de los otros chiquillos, al menos tuve los reflejos de evitar que después del talegazo me cayera la maldita cometa encima.


viernes, 23 de julio de 2010

El cambullonero

Nuestro buen amigo Sergio Naranjo, de San José del Álamo, nos deja con otro de sus relatos donde cómo no, Tamaraceite siempre aparece dejando su huella. Muchas gracias Sergio y a seguir enviándonos cosas lindas como éstas. También les dejo con un vídeo entrevista de uno de estos hombres que son historia.
En aquellos años del horror de la posguerra, donde el trueque era la manera de intercambiar efectos y alimentos, cada uno de los cambulloneros llenaba sus mulas con todo lo que podía arramblar en el Muelle y salía por estos campos a cambiar abalorios, perendengues, telas, algún perfume, productos de limpieza… por alimentos tales como leche, gofio, miel, queso, hierbas y cualquier cosa que del campo se pudiera llevar a Las Palmas y la Guardia Civil no lo requisara, bien adobado con una tunda de esas leches que nadie quiere.Cada uno de los cambulloneros conocía a alguien con quien hacía sus tratos y se tenían repartido el territorio. El negocio había de hacerse antes de las cinco de la mañana, porque a esas horas, el campesino se iba a su trabajo en las fincas, que en nuestras zonas eran todas aquellas comprendidas entre San Lorenzo y Tamaraceite. Nombres de aquéllas serían las de Don Diego, Mascuervo, Los Molina, Casa de Pico y tantas más donde se vieron cacicadas, injusticias, amoríos, peleas y tantos frutos del convivir la jornada entera.A esa hora, pues, tenía lugar el intercambio, entre el hombre que se las daba de listo, siempre dispuesto a engañar, y el que lo estaba viendo venir de lejos y lo paraba cuando quería. De manera que el cambullonero aparejaba sus bestias, normalmente de dos a cuatro mulas, y salía con ellas cargadas por esas lomas arriba, rayando la noche para poder estar de amanecida en El Pinar de Ojeda, Los Caideros, Los Roquetes, El Acebuchal, El Masapez, Las Labradoras y todos esos alrededores. Siempre un camino distinto, siempre un sitio que la Guardia Civil no les interceptara, solían aparecer en San Lorenzo bien desde Tamaraceite, bien desde El Sardo, para enfilar la entonces apenas dibujada carretera de La Milagrosa, por todo el lomo arriba. Ha ido siempre esa carretera escalonando pronunciadas subidas con allanados tramos, ya desde El Plan de las Rosas, El Pintor… hasta que se llega a la Fuente del Grillo y se acaba otro tremendo cacho empinado y se divisa la llanura del Mainés. Quedaba casi una hora de camino, serían las tres y media de aquella mañana de luna clara, cuando el cambullonero iba soltando imprecaciones y sogazos a partes iguales a aquellas tres bestias, tercas como mulas que eran, y que se negaban a caminar. Si no se avanzaba, no se podía el hombre poner en su destino a tiempo y no habría negocio.Tenía el párroco de esos entonces, Don Santiago Pérez Olivares, la costumbre de salir a cantar los maitines. Hombre de poca estatura, pero ancho de complexión, pelo blanco, sotana al viento, cantaba en latín audible de lejos. Día de difuntos de casi 1950, pues al poco mi madre dice que se echó novio, ni una luz en todo aquello, asoma Don Santiago a la loma mientras abajo se faja ese cambullonero con sus bestias y lo mira despavorido, la mismísima estampa de un ánima en pena, cantando músicas del purgatorio, monta ese hombre en una de las mulas, vira para abajo, les suelta una tunda de leña a los bichos, que allí se partió a correr y no pararon hasta el molino de Tamaraceite.En medio de risas y bromas de a kilo la más ligera, le explicaron al pobre diablo lo sucedido. Y cuando a los dos días volvió a pasar se encontró al cura, parado éste bajo un mato que había en Las Camellas, ya llegando a La Milagrosa. Visto que el aire no entraba en el cuerpo de aquel desgraciado, y sabiendo que le estaba, además, haciendo un favor, Don Santiago le dijo que pasara tranquilo y siguiera su camino en paz. Pues sabemos que si el cura hubiera querido, el negocio y la vida se le habrían arruinado al trapichero con un simple aviso a la Guardia Civil. Pero Don Santiago fue siempre, en esencia, un hombre bueno, vivió y dejó vivir. Incluso cuando al pasar, no salían de la garganta del otro más que una especie de relinchos, y de la mula unas gotas que el animalito no había dejado caer.

jueves, 13 de mayo de 2010

Las alcantarillas de la memoria


Las alcantarillas de la memoria. (Cualquier parecido con la realidad es puro cuento.
Cosa tuya, lector, será creerlo o no. Como haces con tantos otros que te han dicho. Y que sabías que era un cuento.) Sergio Naranjo


El trol nos trincó al Jalufo y a mí jugando a las carreras de bolígrafos en su clase, y nos echó de allí. Fuera nos quedamos, en la escalera de aquella V-11 que resultaba hasta peligrosa. Nos pusimos a reír, tal es la gracia que le hacen esas tonterías a la mente de un treceañero. En esto asomó aquel animal, su cara daba espanto. Yo estaba primero, pero además se vio que venía por mí. Me jincó una cantidad de leña atroz, con las palmas, con los puños, con los pies; me fue tirando por las escaleras hasta el descansillo de abajo mientras pronunciaba insultos impronunciables. Allí me dejó, tirado, dolorido, sólo medianamente calmado cuando el secretario le espetó la locura que estaba haciendo. Pero no se lo recalcó demasiado, que con el trol se podía jugar un expediente. Me quedé quieto, desturronado, el Jalufo asombrado, pero lo tranquilicé, y cuando casi al final de la clase el salvaje nos mandó entrar, lo hice riendo, aunque me dolía hasta el alma, para no quedar mal ante nadie. Tiempos. Si ello aconteciera hoy, me habría escapado al centro de salud y a la comisaría, pero aquello pasó antes, y si mis padres se hubiesen enterado habría sido peor, habrían dado por buena la paliza y quién quita si no la hubieran completado.
Al llegar el final del curso, yo ya sabía que estaba suspendido. En realidad, lo tenía claro desde mucho antes, pero poco a poco se me iba haciendo imposible entender qué contenía su asignatura. No podía preguntar, pero él siempre lo hacía para ponerme en ridículo y tener por dónde dejar justificado el más que cantado suspenso. A la hora de repartir las notas a los padres, fue mi madre por allí, y el trol estaba al acecho. En cuanto me tocó a mí, el tolete de mi tutor se encogió y le dio paso a aquella bestia. No quiso saber nada que no fuera meterle mano a su novia debajo de las escaleras, mientras el otro se ensañaba con mi madre, tan católica ella, en explicarle que con el niño no había nada que hacer, que era muy mal estudiante y que no servía para nada. O repetía curso o se iba a la formación profesional, no había más que hablar. Pero eso sí, tenía que recuperar en verano, porque su nivel era tan bajo que ni para lo otro servía. El tutor, pusilánime, asintió, y trató de justificar tan buenas notas en general con aquel suspenso que no se justificaba, pero lo hizo. Lo hizo tan bien que me valió la bronca de mi madre todo el trayecto de vuelta a casa y el guantazo de mi padre. Tan bien lo hizo que me lo he encontrado muchas veces después y no me he dado ni por conocido. No lo puedo ni ver. El Cabo entraba en el patio de abajo todas las mañanas como un misil. La cabeza inclinada hacia delante; las cejas clavadas en los ojos; la boca crispada hacia abajo; la perilla que le daba un aspecto demoníaco; las manos cruzadas en la lumbar; enfundado en una bata blanca. Correteaba a un lado y otro, gritaba, daba órdenes paramilitares, golpeaba, expulsaba y finalmente iba a rendir sus cuentas a la maestra rubia, pininsular ella, ante quien se transfiguraba en un caballero sonriente y quijotesco. Cuando se enfrentó con quienes íbamos a clases de recuperación, soltó una frase que no voy a olvidar nunca: “No estamos aquí para buscar el provecho de mañana, sino para aprovechar el día de hoy.” Durante aquellas clases, el Cabo me presionó, me atosigó, me sometió al mayor grado de exigencia de la asignatura. Y siempre salí bien parado, siempre respondí, resolví, trabajé. Hasta que un día, cerca ya de septiembre, al acabarse las clases, se dirigió donde yo estaba sentado y, gracias a eso, se puso a mirarme con su pose tan característica, y me dijo: “¿Y cómo es que has suspendido tú esta asignatura?” “Usted sabe que ya estaba suspendido, no es que yo suspendiera”, dije yo. Y entonces, el Cabo levantó las cejas, torció la boca, se giró sobre sus talones y muy despacio se fue hasta su mesa. Pena de no haberte tenido de maestro, oye, qué distinto habría sido todo. El día de la entrega de notas se volvió a repetir el ceremonial. En cuanto me tocaba a mí, el trol se interpuso entre mi madre y el tutor tolete. Exigió el resguardo de la matrícula del instituto de FP, condición sinequa non para darme el aprobado del examen. No había aparecido en todo el verano por el colegio; no sabía qué había hecho o estudiado yo, si había aprovechado el tiempo; sólo sabía que iba a por mí. Y hasta que mi madre, tan católica ella, no le enseñó el papel amarillo aquel, no dio su conformidad. El examen, que yo reclamé, nunca apareció, hasta que la paciencia de mi madre se acabó y nos fuimos de allí. He pasado más de treinta años odiándote, maldiciéndote, día por día, cada vez que recuerdo aquello, cada vez que cobro mi paupérrima nómina, oficial de máquinas de FP II, mediocre electricista, yo que quería ser ingeniero de electrónica. La vida es un tren que al pobre le pasa y si no se sube, de nada le vale correr detrás. Y tú me apartaste del andén, trol. No podré perdonarte nunca, y por eso nunca he querido volver al colegio, porqueme tengo miedo. Porque te puedo ver y buscarme la ruina, listillo, a ver si ahora me pegas. No hasta hoy. La vida ha sido una sucesión de cosas buenas y malas, y los antiguos alumnos del Adán mehan demostrado que las malas, como tú, han de quedarse en su sitio: En las alcantarillas de la memoria

martes, 20 de abril de 2010

El estelero

Nuestro amigo Sergio nos ha dejado con otro de sus recuerdos verídicos. Este hombre es un saco de bellos recuerdos de nuestro pasado que no debemos olvidar. ¿Quién no fue alguna vez al estelero de Tenoya o al de Piletas? ¿O a que te subieran la madre? Un hecho real que nos lleva atrás en el tiempo de una manera divertida.

Mi concuño llegó a tocar el timbre, no sé ni cómo, cambao como una jose, enmuletado con un escobón. - Que si me llevas al estelero de Tenoya, que me di un estuerzo y estoy tó estronchao.Mi conciencia habló por mí: - ¿Y no será mejor ir al centro de salud y que te pongan un calmante y te vea un médico? El vozarrón se alborotó y llenó la calle: - ¡Ha dicho que no, médicus no! ¡Que me cosen las nalgas con indiciones quemonas y me dejan quince días tirao en la cama! Y mi conciencia, otra vez: - Mira que una lesión en la espalda es cosa muy seria.Los gritos se oyeron en el pueblo entero.- ¡Si usté no es hombre pa una cosa destas, hay se pué quedar con sus medicinas y sus finuras, que lo que yo quiero es que me lleve al estelero o busco quien me lleve!Media hora más tarde estábamos en los lomos de Tenoya, preguntando las señas de aquel hombre tan nombrado. Fue a ser en una casa muy antigua, bajando a la derecha, cuando la cuesta se empinaba del todo. Había seis o siete personas, y menos mal, que en cosa de minutos fueron docenas. En la sala de espera no cabía una tercera parte, y la escena era de asombro: En la vida había visto una reunión más silenciosa, nadie hablaba, todos callados como tocinos. El estelero llegó y empezó a pasar la gente y obrarse el milagro. Por allí fue desfilando aquel grupo de tullidos, lisiados, tronchados de todo tipo. Un breve diálogo, un gemido de diferente intensidad, un trasiego de dinero con algunas palabras más y vuelve a salir ahora aquella persona, derecha como una vela, sonriendo, respirando, hablando con todo el mundo y despidiéndose.Cuando le tocó a mi concuño, a mí me invitaron a esperarlo en una antecámara, separada por una cortina de donde estaba el estelero, y a la vista de la sala donde estaban los demás. Se reproduce el ritual y se oyó hablar a los dos hombres. De golpe, se oyó un bramido que a mi cuenta tembló hasta la cortina. Si lo oyen en Sevilla, que poco faltó, lo cogen para las saetas de Semana Santa. Y mientras el eco de aquel horroroso esperrío iba buscando salida barranco abajo, yo me vi en una situación apurada, tratando de contener las carcajadas que se me escapaban, con lo que la concurrencia me mal miraba. Alguna palabra más y sonido de monedas precedieron la salida de mi pariente. Enseguida entró otro, apurado, mientras aquél trataba de encontrar la vertical, la mirada extraviada, la cara brillando y pálida, la boca contraída, parecía un San Juan Evangelista en procesión.Se le cayó una moneda y el hombre se agachó, por instinto, a recogerla. Al hacerlo, tuvo tan mala suerte que se volvió a destorcer, el cuerpo sacudido por una contracción y la cara crispada por el dolor. - Llévame al médico, anda…Entonces le dije:- Vira para atrás, ya que estás ahí, y que te lo vuelva a arreglar.Y dice el hombre, la voz en un resuello:- ¡Ni anque tenga que asentar el culo en una tunera! (Nota: Todo lo relatado es estrictamente cierto y sucedido. Sólo he omitido el contenido del bramido, irreproducible.)

lunes, 5 de abril de 2010

Una afición no muy común


Entiendo que no es muy común ver a un tipo con unos prismáticos acostado en el suelo de noche viendo y contando estrellas, aunque en mi caso llegó a ser lo más normal del mundo. No por el mero hecho de soñar sino más bien por curiosidad y comprender esta maravillosa ciencia. Un día por curiosidad cogí unos prismáticos que teníamos en casa, unos Kenko 10X50 y se me ocurrió observar el firmamento con ellos, la verdad que en ese momento y tras 5 minutos me dije que eso era muy complicado para mí y que como no comprendía lo que observaba no le dedicaría más tiempo. Unas semanas más adelante mientras cursaba 3º BUP en el Cairasco de Figueroa una fría mañana de Diciembre de 1995, reparo en que se me olvidaron en casa unos ejercicios que se iban a corregir ese mismo día, así que no me quedó más remedio que sacrificar el descanso del recreo e irme a la biblioteca junto con algunos compañeros, donde el silencio sepulcral era su santo y seña. Los ejercicios no eran nada del otro mundo y en 10 minutos prácticamente estaban resueltos, una vez resueltos y mientras se sucedían las bromas risas entre los compañeros, presté atención a los libros que tenía en la estantería de enfrente, reparo en unos pocos clasificados como ciencias naturales pero apartados del resto, me refiero a que el orden de apilado de los libros en esa estantería en concreto era de izquierda a derecha y estos pocos libros estaban uno encima del otro en la parte contraria de la estantería, como si estorbaran o algo parecido, no pude resistir la curiosidad y me acerqué a ver por qué estaban apartados del resto, cuál fué mi sorpresa al ver que uno de esos libros se titulaba "Como observar el firmamento con prismáticos", no podía salir de mi asombro, naturalmente ese mismo día pedí prestado el libro en la biblioteca donde una tal Estrella, me cedió el libro sin problema alguno no sin antes recalcarme la fecha de devolución, el libro era una traducción al español de un conocido divulgador y Caballero Inglés llamado Patrick Moore, donde explicaba generalmente la clasificación de las estrellas más brillantes del cielo por constelaciones, con la ayuda del libro ya comencé a ponerle forma a todo aquel caos de estrellas, para la nochebuena del '95 ya reconocía todas las constelaciones del cielo de Invierno, pero tenía una limitación, la azotea de mi casa de Piletas no disponía de mucho campo de visión, así que no me quedó más remedio que buscar un sitio con un cielo más abierto y poca contaminación lumínica, el lugar elegido, la cercana montaña de San Gregorio, en un principio siempre iba reclutando con éxito amigos y conocidos que tenía por aquellos años, pero hay que entender que a todo el mundo no le gusta esta afición y aunque al principio había mucho entusiasmo, se iban aburriendo poco a poco, algunos confundieron esta afición con el avistamiento de Ovnis y , lógicamente salieron decepcionados, entre tanto durante el transcurso de las semanas pude seguir reconociendo más estrellas y constelaciones con la ayuda de aquél magnífico libro y las buenas condiciones de transparencia que ofrecía por entonces el cielo de San Gregorio en los puntos más alejados de la civilización, sobre todo mirando hacia el sur donde lucían magníficas las constelaciones del Centauro y la esquiva cruz del sur, esta última de forma parcial, los planetas Júpiter y sus 4 lunas perfectamente visibles con los prismáticos (realmente tiene más de 20 satélites), Venus y sus fases, el escurridizo Mercurio inmediatamente tras anochecer, el rojizo Marte y Saturno aunque el anillo era invisible a mis modesto equipo . Poco me duró el "observatorio", lo que tardaron en cansarse los amigos y para ir yo solo pues no me arriesgaba, así que dejé de lado durante un tiempo los prismáticos, unos meses más tarde anunciaron por televisión que para la 2º semana de Abril del año 1996 sería visible el cometa Hyakutake, cerca de la estrella Arturo, todo un hito por lo cerca que pasaría de nuestro planeta, ya reconocía esa estrella y por este cometa volví a coger los prismáticos de nuevo y aguardé pacientemente a que se retiraran las nubes esa noche de máximo acercamiento que, para más señas era Viernes y, ciertamente fué todo un espectáculo, a simple vista se veía enorme con su brillante cabellera y su gran cola, no cabía en el campo de los prismáticos y se me quedó una huella que no me abandonaría nunca, esta era mi afición y decidí en ese momento dedicar bastante de mi tiempo libre a recopilar información y comprender los fenómenos y la mecánica celeste y, como no comprender el clima de la zona, para poder decidir que días y qué condiciones eran más apropiados para observar y cuáles no, obteniendo conclusiones bastante interesantes.Unos meses más tarde allá por Junio de 1996 nos mudamos a la parte Sureste de la isla y aquí he seguido evolucionando en el aprendizaje esta ciencia, ahora mismo ya dispongo de varios telescopios, prismáticos gigantes, cámaras, etc....aunque esto quizás sea otra historia. Pero jamás podré olvidar mis primeros pasos en la materia el tiempo que residí en el Barrio de Piletas..Recientemente he recibido una de mis fotos de la luna ha sido elegida "Lunar Photo of the day" en la web LPOD gestionada indirectamente por la Nasa, foto que me gustaría compartir con todos ustedes. http://lpod.wikispaces.com/February+26%2C+2010
Fuente: Israel Tejera Falcón http://astrovecindario.blogspot.com

viernes, 26 de marzo de 2010

La graduación del machito

Les dejo con otro de los recuerdos de nuestro amigo Sergio Naranjo. ¡Excepcional!

Para poder ser respetado, en medio de aquella sociedad cruel, bárbara y tierna, todo a la vez, había que superar varias peleas y hacer el burro del modo más extremo. Y casi lo tenía hecho, cuarto de E.G.B., H-10, Doña Miriam de tutora y clase de chiquillos nada más; ellas estaban con don Fernando en la H-9. Curso 74/75 que se daba hasta mediados de julio, no creas; ya le ganaba a un montón y las burlas zahirientes del año anterior habían sido superadas. Ahora quedaba la última prueba, la que todo el mundo te recordaba si no habías hecho, para ser tenido en respeto: las chiquillas.A las chicas no se les decía nada, que se ponían a llorar y sus pruebas no eran válidas; a las grandes menos, que aparte de pasarse el día alega y alega, me habrían mandado al carajo y alguna bofetada de compaña. Tenían que ser las de una edad como la mía, de unos nueve a once años, antes de que todos llegáramos a esa edad en que nos echamos a perder. Se ponían a jugar a algo de lo suyo, y yo las tenía que retar para hacerlo también. Y si pasaba la prueba, sofoco incluido, estaba todo hecho.Al brilé no me aceptó ninguna, que con lo bruto que soy mis pelotazos no los quiere nadie; a eso del sé-sé-sé con las manos y cantando no acepto yo, que es una machangada que no da valor ninguno. Las cogidas, calimbres y coritos de las chiquillas son coto cerrado y ninguno entra allí. Al final me fui al elástico. Al pie de la puerta trasera del Colegio, frente al comedor, a la izquierda según se entra, bajo la sombra de un árbol frondoso, dos chiquillas sujetan un elástico de unos tres metros estirado, mientras otras seis o siete van saltando. Yo les suelto la bravata despectiva para que se piquen; no puede ser insultante, que entonces lo puedes pasar muy mal, o peor si llaman a alguno de los grandes y te bañan en leches. Me sale bien, ochenta diablas con cara de angelitos que no sé cómo lo oyeron ni de dónde salieron, me respondieron, todas a una: ¿Aaaah, síiiiiiii? ¡Pues a ver si tú lo haces, listiiiiiillooooo!Todas se disponen a examinarme, pero el candidato a machito se siente ufano y fuerte. Tobillo. ¡Buah! Fue pasar caminando por encima. Rodilla. Apenas tuve que levantar la pierna, la cabeza alta, retador... Ellas, ufanas, seguras, calladas... Medio muslo. Ellas saltan primero. Asombrosamente, hacen una pirueta de media vuelta, saltan y lo pasan. Yo ya empiezo a pensar que por qué no reté a las que están más al centro saltando a la soga. Pero supero el trago. Me fui aflojando, aflojando...Cintura. ¡Boooh! La cosa se está complicando. Hay que verlas, se van al suelo con las manos, hacen la palma, giran, pasan el elástico y caen de pie, la falda siempre en el sitio. Hombre, yo también puedo hacer eso, y sin falda que me preocupe, pero aquellos sudores ya no son de cansera. Hombro. Ahora se puede estirar la pierna hacia arriba, pisar el elástico con el pie, bajarlo y pasar. Ellas lo hacen, y me miran suspicaces. Mientras lo hago voy rezando para que esto acabe.Oreja. No sé qué noté en algunas cuando pasaron todas y me tocó a mí, pero al pisar, a una se le escapó el elástico (yo pa mí que lo soltó, juraíto por dió) y me llevé un jaramagazo del hombro al tronco de la oreja, pasando por todo el pescuezo y saliendo por la coronilla, que se sintió en San Gregorio. Los que jugaban al fútbol en el patio de arriba, en equipos de cincuenta cada uno, asomaron a reírse; otro tanto hicieron los de la reconca, pegados al terrero; los del calimbre de allá por la H-6 se llegaron pronto. Por la banda de abajo, los del boliche dejaron los guás; los de las estampas de los escalones del comedor no pudieron dar una palmada más; algunos abandonaron el voleibol un rato; y hasta los del churro de cerca de casa de Manolito se acercaron también.Y allí quedó este pobre penitente delante de aquellas brujas, ahora calladas, soberbias, satisfechas y ufanas, sin reírse, degustando su venganza, gesto despectivo, mientras yo no tuve más remedio que dejar el intento para mejores veras y de otras maneras. Batido en retirada, con la cabeza gacha, creyendo que había fracasado, resultaba, en ese imposible mundo de entender que son las ideas de las mujeres, que había ganado el título.Ya fui tenido en respeto y nadie más se metió conmigo. Pero este que está aquí no ha vuelto a desafiar a una mujer en los treinta y cinco años posteriores ni en otros tantos que viviera.

domingo, 14 de marzo de 2010

Tiempos pasados no tan buenos (I)


Nuestro amigo Sergio Naranjo nos envía otro de sus recuerdos de la infancia. Les dejo con él.

Según llegué al Adán del Castillo, allá por fines de noviembre de 1973, a mi cuenta pasaron pocos días, aunque fueron unos quince, y se nos mandó ir a formar al patio. A grito pelado, de forma muy dura, los niños unas filas, las niñas otras: ¡Firmes! ¡Ar! ¡Cubrirse! ¡Ar! ¡Fuera! ¡Esa palmada al muslo! ¡Alinearse bien o van saber lo que son latigazos! ¡Firmes! ¡Ar! Marcando el paso... ¡Ar! Y allá vamos los niños a dar zapatazos contra el suelo, mientras las niñas se mueven, pero no tan fuerte. ¡De frente! ¡Ar! Y salimos. No sé qué puede ocurrir hoy, los maestros están coléricos, hay gente rara en el Adán, gente seria, de mal carácter y mal encarados. Parece que disfrutan con hacernos eso. Salimos del colegio y enfilamos el Paseo de los Mártires. Pobre de quien se eche fuera del paso, del orden. Le pegan, y si llora le pegan más. A las niñas no les gritan, las insultan porque son niñas. Vamos haciendo un rítmico traqueteo calle adelante, hasta que llegamos frente a una tienda y allí bajamos, ¡paso normal, ar!, y no marcamos el paso, bajamos los escalones y nos vamos a situar donde alguien que se hace cargo de nuestra fila nos pone. En la plaza está formada una banda de requetés, que se llaman así y no requetenes, que así les llaman en San José, ustedes que son unos maúros. Son feos, tienen una boina roja, una camisa azul, un pantalón negro y botas de soldados; tienen unas correas en el cuerpo, y se bambolean rítmicamente al compás de unos tambores. Po-porropón, pon-pon, siempre sonando una y otra vez, y de vez en cuando cornetas. Banderas. Y malas caras, mal genio. Algunos tienen unas chaquetas blancas y dan órdenes. Se hacen saludos levantando la mano. Algún niño llora y le pegan, y no se calla, y se lo llevan a un recodo de la plaza y le pegan más.Se hacen saludos de unos a otros, se dan gritos, nos mandan firmes. Y los tambores. Po-porropón, pon-pon, una y otra vez. Yo quiero estar en San José, lejos de allí, con mis cochitos y mis ruedas para jugar; con mis cañas haciendo de caballos; con mis boliches, mis trompos... Pero me aguanto. Hace unos días que he llegado a este colegio y todo ha sido sufrir, el nuevo, el débil. ¡De frente paso normal! ¡Ar! Y vamos entrando a la iglesia, a mí me ha tocado al medio de la segunda fila de la izquierda, casi en el centro de la nave. Y Don Luis nos espera, con una sonrisa beatífica y satisfecha, las manos reposando cruzadas en el pecho, actitud santa. Ha terminado el sonido del tambor y alguien desde algún sitio que no identifico, grita a pleno pulmón: ¡Camaradas! ¡Viva Cristo Reeeeeyyyy! Todos responden: ¡UH! ¡Vivas PAÑÑÑÑA! ¡UH! ¡Vival CaudiLLOOOO! ¡UH!Nunca había estado en una misa como esta. Trapos en el altar con símbolos del desfile de la victoria. Banderas en la iglesia. Y una homilía para decirnos muy enardecidamente que éramos el futuro de la grandeza nacional. Había nacido, en efecto, un rebelde. Cuando uno de ellos me soltó un jaquimazo que casi me tira al suelo porque no grazné después de uno de esos vivas (no sabía qué ni cuándo había que responder, al año siguiente vaya si lo supe), no lloré. Pero ya tenía claro que aquella no era mi gente, ni aquello era lo mío. Nunca sería de ellos.No. Todo tiempo pasado no fue mejor, aunque me puedes devolver mis ocho años.

sábado, 20 de febrero de 2010

Conchi Moreno, mi maestra de prácticas




Sergio Naranjo nos vuelve a dejar con otra de sus perlas. Hoy, casualmente, es un día especial para Conchi Moreno ya que es su cumpleaños, por lo que queremos dejarle con este pequeño gran regalo de Sergio Naranjo, uno de sus alumnos. Muchas gracias a Sergio y ustedes a disfrutarlo.

Para Conchi Moreno. Un hada de cuento.
Habitualmente no suelo escuchar entrevistas a quien no tiene nada que decir, pero me paro y escucho a quien habla cosas del pueblo, cosas de la gente. Cosas mías. Al otro lado todos aquellos que José María García llamaba chupópteros, correveidiles, abrazafarolas, todos ellos con una cara descomunal, todos cotizando seis años para quedarse cobrando pensión completa toda su vida y que pague el pobre. Pero a este lado siempre hay gente que me llama la atención.Conchi Moreno fue presentada por Esteban en la radio como una activista por Tamaraceite. Nada que objetar, mientras me picó la curiosidad y me esperé. Y entonces oí aquella voz. Y la volví a escuchar, y me volví a sumergir en mis recuerdos. Campanilla me volvió a llamar desde el País de Nunca Jamás. Alicia me volvió a invitar a entrar en su País de las Maravillas. Y mientras aquella voz iba desgranando una historia personal a favor de Tamaraceite, yo me iba maravillando que a veces, esta curiosa memoria mía, que absorbe lo que le interesa y me hace sudar Dios y patria para memorizar lo que a ella no le impacta, trae también los momentos buenos de mi vida.Y tal como funciona esta memoria, y tal como me sentenciaron hace muchos años ya, en oyendo algo que me insinuara un recuerdo, como quien pone en marcha una cinta de video, mi cerebro recordó, me puso allí, a fines de 1972 en aquella clase de Don Antonio, en El Toscón, frente a una maestra en prácticas que se llamaba Señorita Conchi, una hija de Don Manuel. Éramos niños de segundo, con siete años la mayoría, y nos dejamos llevar por la hipnosis de su semblante, risa embalsada, alegría de una mañana fría y gris de diciembre que ella gratificó.Se puso delante de nosotros tras la pizarra, y un hada madrina nos encantó, y nos enseñó la letra de dos villancicos, tan distinto aquel pequeño tamborilero del habitual de Raphael, tan íntimo. Pero lo conocíamos y lo cantábamos con nuestras vocecillas desafinadas. Y de aquel otro, sopas le dieron al Niño, que nadie conocía y que ella hubo de cantar varias veces, para que su voz se deslizara por el gélido aire de aquella mañana como barranquillo de aguas termales. Y recuerdo aquel cuerpecillo joven y garboso, enfundado en un pantalón negro de pana y una camisa blanca de hilo; aquel peinado de la época hecho a un pelo moreno y recortado. Y la voz, ensoñación angelical.Siempre me quedé con el deseo de encontrar aquel villancico, pero nunca lo vi, hasta que treinta años después lo encontré sonando como música ambiente en unos grandes almacenes. Y les hice quitar aquel disco del reproductor, llevarlo al almacén y contabilizarlo para que me lo pudieran vender. Y lo volví a poner. Pero no sonaba la voz de aquel coro, sonaba la tuya, Conchi. Aquellas sopas se las comió San José no porque estuvieran dulces. Sino porque las cantabas tú. Porque mientras yo tenga memoria, como en las entrevistas de Esteban, siempre habrá otro lado reservado para gente como tú. Cada Navidad habrá un lado para las luces, la hipocresía, los gastos, el materialismo... Y habrá otro para la luz, la sinceridad, la sencillez, el compromiso...La dulzura de tu voz, cada año, permanece en el fondo de mi inocencia, en mi candidez, en mis mejores deseos, haciendo salir a la luna bella y al hermoso sol, el que nos alumbra con su resplandor. Como tu voz.

lunes, 15 de febrero de 2010

Visita al Consultorio Médico




Nuestro amigo Sergio Naranjo de San José del Álamo nos trae otro de sus recuerdos. Esta vez nos habla de sus visitas al consultorio médico, sito en la Carretera General, enfrente del Estudio Fotográfico Eduardo y de la Centralita Telefónica.
Las seis de la mañana de un amanecer en 1974. En Tamaraceite, al lado del cuartelillo de la Policía Municipal. Fría mañana esta; siempre que me encuentro aquí estoy malo y con fiebre, como hoy. Mi madre y yo hemos llegado lo antes posible; nos hemos levantado temprano a más no poder; hemos hecho todas las cosas a la carrera; mi padre nos ha traído bastante más temprano de lo que suele bajar... Siempre hay entre diez y veinte personas esperando cuando llegamos. Nos demos la prisa que nos demos, allí están. No todas están con cara de enfermos; hay entre tres y cinco que no lo parecen, pero allí están. Las mujeres de inmediato se ponen a hablar. No sé cómo rayos lo hacen, pero en cosa de segundos ya están dándole al pico. Los hombres son más adustos; apenas hablan, y sus frases son más distantes entre sí. El tráfico está de miedo, cualquier día habrá que bajar Tamaraceite haciendo cola, como esto siga así.A las seis y media, puntual como ella sola, llega Rosita. Parece un soldado de cuerda, con sus movimientos rápidos, monótonos, invariables. Esas gafas de culo botella; esas manos ágiles, nerviosas; y ese temperamento digno de un rayo. Apenas levanta metro y medio del suelo, pero se faja con cualquiera. Empieza a pedir las cartillas del seguro, y a cambio va entregando las chapas plateadas con el numerito grabado que nos dará la salvación. Siempre se pelean por la vez las mismas dos o tres; y siempre son las que no tienen cara de enfermas. Por fin, con las cartillas en sus manos, Rosita nos permite pasar a la sala de espera y pasillo. Antes, cuando llegó, abrió, entró y cerró tras ella. Cuando volvió a aparecer venía enfundada en una bata blanca.El pasillo suele ser el sitio donde yo espero. En la sala no cabe un alma. Allá se ha sentado hoy mi madre, que ha podido entrar, para variar. La mayor de las veces la pasa a pie firme, en el pasillo también. Pero hoy está enfrascada en una tremenda discusión de mujeres, y sus rivales le han facilitado sitio, para explayarse entre todas, conformando un tremendo griterío. Fuera quedo yo, que por lo menos ya me puedo quitar la dichosa toalla. Debo tener lo menos treinta y nueve de fiebre. El runrún de los coches bajando por la carretera es continuo. De vez en cuando alguno que sube. Y no amanece. La débil luz del pasillo, un simple bombillo colgado del techo, es aún más intensa que la que hay en la sala, envuelta en una tulipa blanca, en forma de pelota de unos veinte centímetros de diámetro. Miro con desconsuelo aquellas sillas, que nunca he probado. Y el olor, irrespirable, a un montón de colonias baratas, mezclado con el humo de los cigarros...Por fin aparece Don José García. No parece haber tenido nunca pelo, más que en las sienes y la parte superior del cogote, blanco, igual que el de su eterno bigote. Lleva gafas, y un cigarro recién encendido, detrás del cual nos observará. Saluda rutinariamente, mientras entra a la consulta por una puerta distinta a la de los impacientes pacientes. Comienzan a entrar, y salen rápidamente, cada dos o tres minutos, con cara de haberse curado ya. Al fin, mi turno. Cuando ya me babeaba pensando en poderme sentar, cortado mi gozo por un imperativo “déjale el sitio a la señora, Sergio”, pronunciado por mi madre, con aquella entonación fisna que suele poner en el médico, se oye desde dentro el “pase” pronunciado por Rosita y que era esta vez para mí.La consulta es exactamente la misma de siempre. Don José que pregunta qué tiene el niño mientras ni nos mira, garabateando en una receta lo que Rosita le va dictando; mi madre, muy fisna ella, le va soltando la letanía de mis males. Tan pronto acaba Don José de apuntar nuestro número de seguridad social, corta a mi madre y le dice, mientras va escribiendo en la receta: “Cuatro inyecciones, dos al día, y el jarabe, una cucharada en las comidas”. Y se acabó.Ya en la calle, se ha hecho el día. Menos mal que mi madre no me vuelve a colocar la puñetera toalla por encima, mientras al fresco de la brisa mañanera nos vamos hacia arriba, a la farmacia del Cruce de San Lorenzo. Agradezco profundamente aquel fresquillo, aunque esté adobado con humo de gas oil y olor a gasolina, después de lo mal que lo he pasado dentro de aquella ratonera, donde sigue habiendo oscuridad. En la farmacia, algo de cola, pero menos. Allí sí me puedo sentar, en uno de esos bancos hechos con finas tablillas de madera barnizada, que ya no puedo más. Hoy vamos directos a San José del Álamo, no hay que entrar a comprar nada en Casa Marcelita, menos mal. Aunque aún tengo que soportar el último calvario: el taxi. Curioso. Cuando vengo al médico es cuando únicamente lo coge mi madre, y no el coche de hora que nos deja en Hoya Fría, para luego llegar a casa caminando. Aún así, lo del taxi es un sufrimiento. Ese Peugeot 404 que tiembla más que una burra loca; ese olor del forro de los sillones; esa horrible poca velocidad que toman los taxistas, hacen que cuando voy por Piletas esté a punto de vomitar. Si no lo hago es porque no tengo nada en la barriga que soltar. Hoy ha tocado Rubén, el hermano de Vicente; por un tris se nos ha escapado Santiago Naranjo, que tiene el mismo fotingo, pero que por lo menos corre como un tiro. Llegamos a la antesala del paraíso, San José del Álamo, pero aún hay más: La inyección. Dionisita se prepara el cacharro aquel lleno de alcohol al que pega fuego, mientras agita con fuerza la cápsula del inyectable con algo que le ha enchufado allí. El mismo ritual de siempre. Mientras, yo me pongo por lo bajito a rezar todo lo que sé, esperando el momento fatal. No sé cómo, pero me ha enchufado la enésima inyección, y dolorido hasta el alma me voy a casa sin esperar a mamá, que se ha encontrado yo no sé a quién. Pero al fin llega y abre la puerta. Me quito la ropa en uno de los mayores momentos de gozo y albricias que puedo disfrutar en mi vida: he vuelto de una salida de compras o médicos, lo mismo da. Todo ello mientras mamá machaconamente me regaña a grito pelado lo mal que hoy me comportado, soltando un sermón que ni Don Luis. Pero ya estoy en casa...

domingo, 6 de diciembre de 2009

El bazar de Sarito


Dicen que somos como los otros nos ven. En estos días he recibido un email de Sergio, alguien que vivió desde fuera una parte de mi infancia, aquella en la que tenía que despachar en el bazar de mi madre siendo aún un niño, y los momentos del fallecimiento de mi padre, allá por el año 1978. Les dejo con su comentario y desde aquí vuelvo a agradecer a Sergio sus palabras.
"En noviembre de 1973, un problema con el transporte escolar echó a los niños de San José del Álamo desde el colegio del Toscón hasta el colegio matriz, el Colegio Nacional Adán del Castillo de Tamaraceite. Allí estaba yo también, nacido en 1965, en tercero de E.G.B., metido en uno de aquellos patíbulos móviles que eran las guaguas de Pedro Tovar. Me tocó de clase la V-2, nombre de bomba, qué horror, y era mi maestro un tal Don Calixto. Había actividad de plásticas por las tardes, depués de almorzar en el comedor la comida que hacía Tomasita, y las daba un tal José Luis. En la hora del recreo nos íbamos a las orillas de las rejas, enfrente de uno de los dos bazares. Yo iba mayormente al "bazar de abajo", y con los demás me ponía a chillar histérico aquello de: ¡Saaaariiiiitoooooooooo! Al cabo de un rato, una mujer salía del bazar, dispuesta con un par de cestas que contenían todas las chucherías que se venden en un bazar: Donuts, flanes, pipas, millo... Antes de empezar las clases o al terminar, esperando la guagua, nos metíamos en el bazar. Recuerdo la configuración exacta del local y la disposición de todos los productos. Allí había un hombre a veces, Estebita, que unos años más tarde se fue deteriorando y ya no despachaba, casi siempre sentado en una de aquellas sillas de formica. En la puerta de aquel bazar vi por primera vez en mi vida, tiempo más tarde, un cartel que decía "cerrado por duelo". Pero a Estebita no lo vimos más. O quizá sí: Tenía varios hijos y una hija. Había uno que era la viva cara del padre, incluyendo las gafas, aquellas de lágrimas, de montura plateada y cristales azulados. Cuando le tocaba ir a despachar, perdida la pelea que se montaba en la casa a grito pelado, llegaba al mostrador y con un genio de mil demonios, despachaba. Es decir, me vendía lo que le había pedido y me enseñaba el camino de la calle sin mayor miramiento. Y aquella cara era la de Estebita, aunque el genio yo creo que venía de otro lado. Años después, he visto comentarios en prensa que me han hecho pensar que quizá yo conociera a ese hombre tan orgulloso de su Tamaraceite, y por una cosa y otra he acabado en este blog, he visto tu cara. La cara de Estebita. Me alegro de volverte a ver, y a leer. Me traes los recuerdos de una parte de mi vida que no puede escindirse sin truncarla. Y permíteme que me presente: Sergio Nicolás Naranjo Hernández, de San José. Alto, feo, y entonces flaco".