domingo, 21 de noviembre de 2010

Un catarro de noviembre


Don Aurelio, el médico,  en su despacho de Tamaraceite
a finales de los 50.
Por Sergio Naranjo.

Aquel mes de las Ánimas nos lo pasamos casi todos rezando. Unos para que Dios le salvara la vida al Caudillo; otros para que no lo salvara ni Dios; el amigo Juan intentando pasar un catarro sin ir al médico, ahí arriba, en esos lomos de La Milagrosa. El invierno había sido tempranero, algunas vaguadas corrieron, la hierba nació y al llegar noviembre el pizco de sol de las mañanas evaporaba la humedad que por las tardes era relente frío y denso. Juan agarró un catarro de pecho y aquel jalío, aquella tos, que él intentaba curar con ron y miel de abeja, en vano.

Una tarde que Frasquita lo tenía hasta la coronilla y el ron hasta el cuello, decidió virar para Tamaraceite, allá que se vio abicando y temiendo que lo llevaran para San Lorenzo. Dejó los animales comidos y lomo abajo jaló para el pueblo, a la consulta de don Aurelio, que como era sabido recetaba siempre un viaje de medicinas. Que si pastillas, que si jarabes, más pastillas, unos sobres, qué sabe uno. Y cuando te veas muy agoniado te pones un supositorio, no más de dos al día.

Sale el hombre de la consulta y cuando pasa por delante del Bar Mesón del Ovejero asoman un par de conocidos que lo invitan, que bien de tiempo jace que no los vemus, vamos a echarlus un pizco, hombre. No tuvo el hombre más remedio que acceder, pero deprisa que se me cierra la noche para llegar a mi casa, malo como estoy, un pizqui-to ná má. Total, cada uno pagó el suyo y la cosa fueron tres pizquitos. Sale el hombre rumbo al Cruce de San Lorenzo y en la farmacia de abajo se compró el viaje de medicinas que le recetó don Aurelio. Por más comodidad, en la bolsa que le dieron echó la cartera y la llave. Se dispuso a salir, casi oscureciendo, a esperar la guagua, cuando pasó un conocido que lo llevó hasta San Lorenzo, pero al llegar lo invitó a echarse un pizco en el bar de unos con dichete que no se nombra. Allí había otro par de conocidos que le siguieron la rumba y como cada cual pagaba el suyo, salió el amigo Juan por la calle de La Paz para arriba con cuatro pizquitos más, y no había llegado al Calvario ya se estaba encomendando a la Virgen Milagrosa si alguien lo arrastrara, que si no allí mismo se quedaba.

Y como la Santa Madre no lo abandonó, al momento pasó otro conocido que lo arrastró hasta la Plaza de La Mila-grosa, y cómo le iba a decir que no cuando lo invitó a echarse un pizco en la tienda de Adrián. Aquella era la única luz de la plaza ya de noche cerrada, y entre unos y otros eran lo menos siete, a pizquito cada cual, cuando el amigo Juan salió de esa plaza era casi media noche.

Se encamina el hombre lomo arriba en medio de aquella relentada, aquel vapor, aquel frío, el oscuro completo, el silencio absoluto, el mareo del ron, que cuando llegó a lo alto de un lomito, frente al de la casa de él, se encontró rindiendo el alma y dando cuenta al Señor. En esto se acordó del consejo de don Aurelio y tiró manos a la bolsa, tan-teando en busca de un supositorio. Se atorró donde le pareció y se lo administró. ¡Oiga, mano de santo, cristiano! Aquello fue entrar y ponerse en marcha, que bajó la ladera, cruzó el barranco y subió por el otro lado hasta la casa en un santiamén.

El problema fue que cuando intentó abrir la puerta no había modo y empezó a soltar pétimas. Frasquita, que bien sabía quién era y por qué del caso, salió y cuando lo vio, le preguntó:

--Pero hombre, ¿abriendo la puerta con un supositorio?

--¡Ay, Virgen Milagrosa bendita! Antonces, ¿qué fue el supositorio que me puse yo?

jueves, 28 de octubre de 2010

Los Finaos

Este fin de semana se celebra en muchos lugares de nuestras islas la Fiesta de Los Finaos, popularmente como se conoce a los difuntos, y palabra que hoy en día está en desuso. Las familias y los amigos se reunían para recordar a sus difuntos, contando anécdotas de los mismos a la vez que se comían castañas, nueces o piñas asadas. Después venían  las taifas y las parrandas, culminando así este día de los finaos, eso sí, sin que faltara la misa de los difuntos.
En nuestro distrito, el Ayuntamiento ha organizado este año la Fiesta de Los Finaos, en San Lorenzo, con participación ciudadana ataviada con vestimenta tradicional, al igual que varios grupos musicales. En Tamaraceite también se va a realizar este sábado una fiesta popular a las 8:30 de la noche con asaderos de castañas, ventorrillos y más de una parranda que amenizará la noche. Hay que señalar que esta fiesta, al contrario que la de San Lorenzo, que ha sido financiada por el Ayuntamiento, ha sido organizada por los propios vecinos, por lo que se pide la participación popular.
Antiguamente los chiquillos también participaban en este día de los Finaos, ya que iban de casa en casa, la víspera, el Día de Todos Los Santos, tocando por las casas con unas taleguitas de tela. Cuando les abrían las puertas, los chiquillos preguntaban "hay santos", a lo que habitualmente les respondían afirmativamente, y entonces les ponían en las talegas castañas,  almendras, nueces o higos pasados, y algún que otro dulce, sí había. Al final, los chiquillos los compartían con su familia cuando se reunían para la celebración.
Una pena que se pierdan tradiciones como estas.

sábado, 23 de octubre de 2010

¡Qué tiempos aquellos de la tele en blanco y negro!



.
¡Qué tiempos aquellos! Hoy me he encontrado por casualidad una canción de "Los Triunfitos"  que me ha hecho casi sin querer volver la mirada atrás, cuando la tele unía a la familia no como ahora que se pelean por el mando. Había lo que había y generalmente siempre gustaba. Recuerdos de la tarde de los sábados, en que, sentados enfrente al televisor en blanco y negro de lámparas, esperábamos pacientemente a que comenzaran los dibujos después de la película, que la mayoría de las veces era del oeste americano. A estas series normalmente le acompañaba el bocadillo de jamón con mantequilla o queso y si ese día se podía, generalmente el fin de semana,  el vaso de clipper o baya- baya. Los tiempos cambian y la tele también. Las series de antes eran para todos, porque no había otra. Ahora, afortunada o desgraciadamente, podemos elegir entre no sé cuántas cadenas lo que hace que, incluso en la misma casa, cada cual vea lo que quiera o le apetezca pero sin compartirlo con el resto, sin comentarlo y casi sin disfrutarlo. En Tamaraceite los chiquillos nos íbamos a la tienda de Macriver o a la de Santiaguito Ramos para ver en sus escaparates la tele a color, algo que nos parecía extraordinario y si le preguntamos a los chiquillos de hoy piensan que ha existido toda la vida. Cuando llegó la Segunda Cadena allá cuando comenzaba el Mundial de Naranjito, el del 82, cuando los Mundiales tenían mascota, las azoteas de Tamaraceite se llenaban de antenas del segundo canal y Fernando el de la ferretería se hacía el agosto ya que no daba abasto con la demanda. Recuerdo algún chiquillo, que hoy está por la cuarentena, que se dedicaba a montar antenas en La Montañeta a cambio de una propinilla para poder comprar las cámaras de las bicicletas y los parches para cuando pinchaban. La tele ha cambiado y nosotros también. No sabemos si cualquier tiempo pasado fue mejor, lo que sí que está claro que se compartía más, delante de la tele, sin tanta publicidad y sin estos programas basura que ponen a horas infantiles y que no son aptos ni para mayores de edad en muchos casos. Por esto, hoy he disfrutado de Los Triunfitos, porque me han hecho revivir momentos pasados que ya casi tenía olvidados.

lunes, 18 de octubre de 2010

La luchada

En 1979 yo empecé mi periplo por la Formación Profesional en el Instituto de Arucas, por diversas causas y por haber sido un penco. Más de treinta años más tarde no me arrepiento de ser un humilde electricista. (Ni de haber sido un penco) Durante aquel primer curso 1979-80 tuve el honor y el orgullo de ser conocido allí como “El Tamara-ceite”, aunque dudo mucho que nuestro Pueblo compartiera tales sentimientos.

Mi fama era notable en medio de aquella clase descomunal, cuarenta y tres alumnos en 1º Eléctrico A de FP I, en lo que a cuestiones gimnásticas se refiere. No se ha vuelto a ver chirgueta más malamañado desde esos tiempos. Al menos hasta mediados de los noventa no se tenían noticias de otro que hubiese partido una pértiga en un salto. Ni de nadie que tuviera tanta proporción de caídas fuera del colchón. Si el potro no estaba bien agarrado al suelo, galopaba más que uno de verdad. ¡Oh! Lanzando el disco o la jabalina no paraba ni uno sino detrás de mí. Con eso y con más que daría para un libro y no es el caso, no es de extrañar que cuando me tocaba intervenir a mí se formara primero la expectación general y al final llegara la jarana de costumbre.

Una vez nos llevó el profesor hasta el Terrero Municipal de Arucas, con la loable intención de darnos una clase práctica de Lucha Canaria. Ocupados los asientos en el graderío que tenía aquello, apareció el hombre acompañado por una gigantesca figura a su lado, a quien nos presentó como puntal C del Bañaderos. ¡Jesús por Dios! Si así era un C, un puntal A debería ser lo menos el Coloso de Rodas. Dadas las primeras explicaciones, se pasó a hacer la primera práctica de una de las mañas más populares, la burra. Al momento de pedir un voluntario, ya se puede imaginar quién fue elegido por aclamación popular.

Allá fue este pobre, tan ancho como un pajullo, en medio de un jolgorio que no se veía ni en el Insular, a encararse con aquel luchador equipado con la vestimenta reglamentaria y yo con un chándal negro de raya roja debajo de un pantalón corto rojo, camiseta blanca y playeras de esas azules y blancas, equipado en Casa Marcelita. Al profesor, mal rayo lo partiera, se le escapaba la risa debajo del bigote y se le atragantaba la explicación. El luchador no movió un músculo de la cara ni sus ojos de la mía.

Con gritos de ánimo, sinceros y conmovedores, me animaba mi afición: “¡Ay, Tamaraceite! ¡Muérdele una oreja! ¡Sóplale le sobaco! ¡Písale los ñoños! …” Al momento de fajarme con aquel Goliat y dar los tres piques, se formó una escandalera tan grande que hasta el Cristo Negro se despertó. Pero allí no había David que sirviera, y en un tris tras tuve una panorámica al derecho y al revés de mi linda Vega de Arucas, de conjunto tropical, alfombra de plataneras y todo. Molido como un zurrón, escupiendo arena hasta por las orejas, arrullado por las carcajadas, este pobre gladiador fracasado se levantó como pudo cuando pudo jallarse.

Y mientras encontraba el tino y la cosa se fue calmando, dice el profesor que íbamos a hacer una pardelera. Cuando me explicaron lo que era eso, salí de la arena como un volador: “¡Una pardelera, no…! ¡Un palomar, te voy a dar yo a ti!”

Autor: Sergio Naranjo

jueves, 9 de septiembre de 2010

Bromas que carga el diablo.


Nuestro buen amigo Sergio Naranjo nos envía otro de sus relatos de la infancia. Les advierto que no es apto para cardiacos por lo "espeluznante" de la historia. Lean, lean.




En la plaza de La Milagrosa llegó a haber hasta tres tiendas, de las que quien suscribe acertó a ver dos. Al parecer, un tío de mi abuela Emilia fue el primero que puso una, donde después se hizo la primera escuela del lugar. Frente justo a la iglesia hubo otra, de donde arranca este relato, y a la otra banda una tercera, que cambió de manos en los años cincuenta y que hasta que se fue a Tamaraceite a poner su almacén, perteneció a Santos Martel, miren si somos o no paisanos los de un lado y otro, que quién no conoció el negocio de Santos y no conoce ahora el que rigen sus sucesores.


Yo era chico una tarde casi anochecida brumosa de septiembre cuando nos teníamos que ir al Masapez, a casa de mi abuela y nos hicieron el cuento. El espanto con que después bajé la cuesta no me dejó dormir noches enteras, aquellas noches de luz de candiles, velas y quinqués; rezos de Santo Rosario y ruidos de perros y lechuzas. Y fue la cosa que había unos hombres conversando en aquella tienda, unos tiempos antes, cuando la tenía el padre de Josefita, que fue a quien yo conocí como dueña. Después de pasar un rato se despidieron y uno le preguntó al que se iba solo si no tenía miedo con aquel oscuro, a lo que aquel, a pesar de ser hombre reconocidamente religioso, respondió fanfarrón que todavía no eran las doce de la noche, y siendo día de San Miguel, el diablo estaba suelto y le daba compaña.


Saliendo de la plaza se subía una cuesta muy empinada unos metros antes de llanear, noche oscura con alguna clara que las nubes dejaban pasar a la luna llena. El camino estaba forrado de matorral bajo, pitas y algún acebuche, por encima de donde le pareció al hombre que venía otro siguiéndolo apenas empezó el llano. Esto le sorprendió, porque mientras él iba por el firme, el otro parecía ir en medio del forraje. Unos metros más adelante, cuando se angostaba el camino entre tanta maleza, el misterioso individuo se le aproximó, y empezó a caminar en paralelo.


Angustiado, caminaron unos metros juntos, casi forcejeando la silueta con él. El hombre, primero, le invitó a que pasara, nervioso, aunque lo que más le escamaba era que andaba fuera del camino. Pero la sombra no le contestó. Más bien, intentó arrimarse aún más.


Empezó el hombre a asustarse, no sabiendo qué podía ser aquello. Un rato más adelante, cuando ya viraba la vereda para El Corcovado, lo miró en la negrura de la noche, a ver quién pudiera ser, pero no le veía sino una silueta y un sombrero, sin faz apreciable.


Visto que aquello ya se pasaba de rosca, se detuvo. El otro también, en silencio. Entonces le dijo otra vez que siguiera su camino y que no le estorbara más. Pero el otro no replicaba. Entonces sacó una fosfarera, de aquellas de gasolina, la prendió e hizo luz, a ver quién era, y se aterrorizó: aquello no tenía cara. En el extremo del horror, echó mano de una medalla bendecida que siempre llevaba con él y la besó. De pronto aquella sombra se desvaneció barranquera abajo, y aquel hombre sufrió un repelús al lado del caidero donde aconteció el hecho, de lo cual tardó mucho en reponerse.


Seguramente, el ron de cacharro que se bebió antes de salir daba y sobraba para visiones como aquella. Pero servidor no dice nunca, por borracho que estuviera, que el diablo le acompañe.

martes, 7 de septiembre de 2010

Nos vamos pa´ Teror


Las Fiestas del Pino ya no son lo que eran, eso está claro, pero echar una mirada atrás no significa anclarnos en el pasado. Obviamente las agujas del reloj no pueden caminar hacia atrás porque, primero que no haríamos ni la mitad de las cosas que hacían nuestros antepasados en estas fechas tan importantes, y además porque muchas serían irrealizables e impensables. Impensables como esas caravanas de burros que salían al alba desde la capital y, si todo iba bien, sin ningún contratiempo, después de cuatro horas podía estar subiendo la Fuente Agria. En Tamaraceite era habitual hacer una paradita en los bares de la Carretera para refrescarse los peregrinos y poder seguir la ruta hasta la Villa Mariana. Tamaraceite siempre fue un pueblo acogedor con el peregrino y desde nuestro pueblo se organizaban romerías para ir juntos hasta Teror. Nuestro afamado artista Jesús Arencibia preparaba a las mujeres sus vestimentas para que Tamaraceite fuera con sus mejores galas a llevarle los presentes que por estas tierras se cultivaban y que luego se repartía entre los pobres. Esta fotografía está sacada a la altura del Toscón.

martes, 24 de agosto de 2010

La tienda de Carmelita "García"

En La Montañeta, años ha, no solo había tiendas de aceite y vinagre como la de Periquito Acosta, Prudencito o Isabelita la Barbera, sino que también había una tienda de ropa y artículos de regalo en la que, a pesar de sus reducidas dimensiones, se podía encontrar un vestido de la última moda, zapatos y hasta muebles. Carmelita "García" como se le conocía y se conoce a su dueña, por el apellido de su madre, Mariquita García la partera, era una comerciante que nunca se enriqueció con su negocio porque trataba de ayudar a los más desfavorecidos que hasta su tienda acudían a pedir la ropa del colegio, bragas o calzoncillos y hasta un sillón o un televisor porque el suyo ya estaba para el "desguase". Ella fue intermediaria entre las grandes tiendas de Triana de la época y algunas de las cuales todavía sobreviven como Arencibia, a donde los vecinos de Tamaraceite acudían con la autorización de ella para que comprasen "fiao" y poder ir pagándoselo poco a poco. Mucho fue el dinero que Carmelita tenía en la calle y mucho fue el que no volvió, porque la gente no tenía o, algunos, los menos, se hacían los "longuis" y dejaban de pagar. La tienda de Carmelita es recordada por muchos. Les dejo con una imágen de la época.

sábado, 14 de agosto de 2010

La cometa


Sergio Naranjo es un habitual de este blog y con sus recuerdos hace transportarnos a tiempos pasados que quizás, no fueron mejores que estos, pero sí igual de duros. Ilusiones de un niño de la época que trataba de construir con esfuerzo su artilugio volador que llamábamos cometa y poder echarla al viento, de papel de seda de colores y pequeñas tiras de madera que sólo aguantaba una "echada", como la de Sergio.


El día del Pino de 1973 fue el último de aquellos años en los que mi padre me llevaba a Teror caminando para la Fiesta por las mañanas y regresábamos pasado el ardiente mediodía, en medio de aquel paisaje que el cambio climático del año siguiente se llevó por delante. En el fondo de un barranco fue cuando mi padre me avisó de una cometa en lo alto del cielo, bellísima.

Resaltaba contra el cielo azul lechoso de aquel mediodía de septiembre su gama de colores que iban del rojo más intenso al verde más delicado, pasando por todos los amarillos. Era tal el garbo con que alguien la manejaba que parecía estar pegada al firmamento, sólo un leve movimiento se apreciaba en la grácil cola, larga y jalonada de pequeños trozos de papel graciosamente escogidos.

Fue tal la impresión que nada más llegar me puse a la tarea, que duró unos quince días en hacerse. El lugar escogido para el estreno fue la ladera que hay por debajo del Llanillo, hacia Lomo del Medio, terreno yermo de pastizales agotados por el verano en espera de las lluvias que reverdecieran el ambiente y los habituales rebaños de ovejas que aprovechaban el lugar. Tierra caliza, piconera, de pequeños guijarros apenas salpicados por matas de cerrillos secos y algunas gamonas. Hoy todo aquello se conoce como Área Recreativa San José del Álamo, está lleno de árboles, barbacoas y borrachos.

Fui en compañía de los habituales chiquillos de mi edad, que bajo la convincente promesa de una trompada se resignaron a verme ser el primero en echar la cometa, mientras ellos aguardaban su turno, a pesar de que alguno llegó a poner más material que yo para hacerla. Salí corriendo, jalando por aquella animalada que pesaba creo más que yo, tratando de poner en práctica nuestros rudimentos aeronáuticos, hasta que por fin, medio kilómetro más abajo, aquella monstruosidad se chocó con una corriente de aire en contra y se estampó contra el cielo.

Me pasó como al pintor que se agarra de la brocha cuando se cae del andamio, y no sé por qué me resultó imposible soltar el hilo carreto con el que sujetaba la cometa. De pronto me vi que los pies apenas rozaban el suelo con la punta y algunos pasos fueron en vacío, por unos momentos ingrávidos, hasta que lo mal que habíamos hecho el invento quebró, se oyó un chasquido y en esto la gravedad asomó de repente y yo me pegué un zarpazo que las ovejas de Remigio estuvieron mucho tiempo celebrando.

Adiós, gama de colores verde oscuro y marrón de un saco de papel de piensos Biona; cola larga jalonada de tablillas procedentes unas cajas de conserva de aquellas de Conchita Cuban Guayaba Paste; pérfidas cañas que no soportaron el empuje del viento; y adiós piloto de mala muerte, que aparte de las risas inmisericordes de los otros chiquillos, al menos tuve los reflejos de evitar que después del talegazo me cayera la maldita cometa encima.


viernes, 23 de julio de 2010

El cambullonero

Nuestro buen amigo Sergio Naranjo, de San José del Álamo, nos deja con otro de sus relatos donde cómo no, Tamaraceite siempre aparece dejando su huella. Muchas gracias Sergio y a seguir enviándonos cosas lindas como éstas. También les dejo con un vídeo entrevista de uno de estos hombres que son historia.
En aquellos años del horror de la posguerra, donde el trueque era la manera de intercambiar efectos y alimentos, cada uno de los cambulloneros llenaba sus mulas con todo lo que podía arramblar en el Muelle y salía por estos campos a cambiar abalorios, perendengues, telas, algún perfume, productos de limpieza… por alimentos tales como leche, gofio, miel, queso, hierbas y cualquier cosa que del campo se pudiera llevar a Las Palmas y la Guardia Civil no lo requisara, bien adobado con una tunda de esas leches que nadie quiere.Cada uno de los cambulloneros conocía a alguien con quien hacía sus tratos y se tenían repartido el territorio. El negocio había de hacerse antes de las cinco de la mañana, porque a esas horas, el campesino se iba a su trabajo en las fincas, que en nuestras zonas eran todas aquellas comprendidas entre San Lorenzo y Tamaraceite. Nombres de aquéllas serían las de Don Diego, Mascuervo, Los Molina, Casa de Pico y tantas más donde se vieron cacicadas, injusticias, amoríos, peleas y tantos frutos del convivir la jornada entera.A esa hora, pues, tenía lugar el intercambio, entre el hombre que se las daba de listo, siempre dispuesto a engañar, y el que lo estaba viendo venir de lejos y lo paraba cuando quería. De manera que el cambullonero aparejaba sus bestias, normalmente de dos a cuatro mulas, y salía con ellas cargadas por esas lomas arriba, rayando la noche para poder estar de amanecida en El Pinar de Ojeda, Los Caideros, Los Roquetes, El Acebuchal, El Masapez, Las Labradoras y todos esos alrededores. Siempre un camino distinto, siempre un sitio que la Guardia Civil no les interceptara, solían aparecer en San Lorenzo bien desde Tamaraceite, bien desde El Sardo, para enfilar la entonces apenas dibujada carretera de La Milagrosa, por todo el lomo arriba. Ha ido siempre esa carretera escalonando pronunciadas subidas con allanados tramos, ya desde El Plan de las Rosas, El Pintor… hasta que se llega a la Fuente del Grillo y se acaba otro tremendo cacho empinado y se divisa la llanura del Mainés. Quedaba casi una hora de camino, serían las tres y media de aquella mañana de luna clara, cuando el cambullonero iba soltando imprecaciones y sogazos a partes iguales a aquellas tres bestias, tercas como mulas que eran, y que se negaban a caminar. Si no se avanzaba, no se podía el hombre poner en su destino a tiempo y no habría negocio.Tenía el párroco de esos entonces, Don Santiago Pérez Olivares, la costumbre de salir a cantar los maitines. Hombre de poca estatura, pero ancho de complexión, pelo blanco, sotana al viento, cantaba en latín audible de lejos. Día de difuntos de casi 1950, pues al poco mi madre dice que se echó novio, ni una luz en todo aquello, asoma Don Santiago a la loma mientras abajo se faja ese cambullonero con sus bestias y lo mira despavorido, la mismísima estampa de un ánima en pena, cantando músicas del purgatorio, monta ese hombre en una de las mulas, vira para abajo, les suelta una tunda de leña a los bichos, que allí se partió a correr y no pararon hasta el molino de Tamaraceite.En medio de risas y bromas de a kilo la más ligera, le explicaron al pobre diablo lo sucedido. Y cuando a los dos días volvió a pasar se encontró al cura, parado éste bajo un mato que había en Las Camellas, ya llegando a La Milagrosa. Visto que el aire no entraba en el cuerpo de aquel desgraciado, y sabiendo que le estaba, además, haciendo un favor, Don Santiago le dijo que pasara tranquilo y siguiera su camino en paz. Pues sabemos que si el cura hubiera querido, el negocio y la vida se le habrían arruinado al trapichero con un simple aviso a la Guardia Civil. Pero Don Santiago fue siempre, en esencia, un hombre bueno, vivió y dejó vivir. Incluso cuando al pasar, no salían de la garganta del otro más que una especie de relinchos, y de la mula unas gotas que el animalito no había dejado caer.

sábado, 26 de junio de 2010

Un recuerdo de verano


Ahora que llega el veranito nuestro amigo Sergio nos envía otro de sus recuerdos, a disfrutarlo.
Durante muchos años de mi vida, “verano” era sinónimo de Las Canteras, de cualquier punto de su litoral o de sus calles adyacentes, de día o de noche. En el verano de 1983, estrenando mayoría de edad, tenía un ni contigo ni sin ti con una chiquilla de Las Torres, tarde de agosto, apenas las cuatro, calor de infierno abierto, delante del “House Ming” tirado con unos amigos. Una prima suya me vio y se lanzó en picado. ¿Sabes que lleva esta semana trabajando de cajera en el Cruz Mayor de la calle Barcelona? Si quieres te acercas y aclaras lo de la Wilson del domingo.Allí lo dejó y se fue, la puñetera, mientras yo salí, ¡descalzo! y en bañador (un “speedo” celeste claro) a toda mecha, más caliente mi sangre que el asfalto, y me presenté hecho una fiera en el supermercado. A ella le dio un soponcio y sus compañeras le tuvieron que administrar unas sales. A mí me un securita me intentó administrar una porra de casi medio metro, pero yo era un cachorro de cuidado y cabreado como el macho de Antonio Guerra. Lo que pretendió ser una discusión acabó hecho la marimorena, y cuando alguien habló de llamar a la pasma (eran marrones para lo que fuera) me evaporé de allí. Naturalmente, mi Dulcinea volvió en ella, pero conmigo no volvió más nunca.Ayer, mientras hacía tiempo para entrar en la consulta de Robaina, paseaba por aquella zona, cuarentón, canoso y barrigúo, bien vestido y dolorido de los cuadriles, cuando un muchachillo pasó muy ligero de ropa y enseñando los calzoncillos. Mi bujé*, presa de la ira, despotricó contra la falta de respeto del pibe, mientras a mí me vino este episodio a la cabeza. Volví a mirar aquellas calles, y tras un suspiro que nadie oyó, sonreí… *(Nota: El término “bujé” es patrimonio de mi muy admirado Suso Morgan, dibujante de Canarias7.)
Fotografía: FEDAC

lunes, 14 de junio de 2010

Sonidos de nuestro pasado: La Orquesta Tropical.



Les dejo con la entrevista que realicé hace unos años ya a algunos miembros de la Orquesta Tropical, aquella que tantas alegrías diera a nuestros mayores y con la que muchos se enamoraron. ¡Qué recuerdos!

miércoles, 9 de junio de 2010

El confesionario


Nuestro amigo Sergio Naranjo nos deja con otro de sus relatos. A disfrutar que éste sí que tiene tela.


Lo que se llama ahora pomposamente leyendas urbanas es algo que ha existido siempre, antes conocido como “dichos de la gente”. A ver a quién no le dijeron alguna vez que no caminara para atrás, que la Virgen llora y el diablo se ríe. O que no contara estrellas, que le salían verrugas.
Incluso se decía que el crepúsculo era el sol de las Ánimas del Purgatorio. Dichos ha habido
siempre. Con el tiempo, íbamos creciendo y los dichos se iban haciendo para las chiquillas aparte de nosotros. Ellas tenían todo un compendio de frases, asertos y refranes que se dirigían al objetivo fundamental en sus vidas: Ser buenas madres y castas esposas. En vista de que según se llegara a octavo, y eso si se llegaba, había que quedarse en casa a esperar novio, lo único que se podía entender por cultura era todo aquel conjunto de obligaciones, muchas veces humillantes, hasta que fue, justo justo mi generación la que empezó a romper el molde y a meterse en el instituto, poco a poco. A mí, que siempre he sido tan contestón y tan rarito como yo solo – dice mi madre y eso no se discute – lo que me llamaba la atención era que los dichos de las mujeres no eran pecado ni cosa que enfermara a nadie. Pero los de los chiquillos acababan derechitos al confesionario casi todos.
Recuerdo de forma especial uno que se nos recordaba siempre: Que determinadas cosas que se empezaban a hacer a partir de los primeros pelillos en la barba te producían idiotez, retraso mental y en los casos más extremos hasta sarna. Uno, que se sentía tan feliz con aquellas cosas, no tenía más remedio que ir, al menos una vez al año, si se intuía en peligro de muerte o debía comulgar, a decir aquellas cosas al confesor, quien imponía unas penitencias más propias de un asesino o ladrón.
¡Ay, aquel confesionario de Tamaraceite, cuántas cosas mías sabe! Hace veinticinco años que no entro en aquella iglesia, cosa que habrá que arreglar, pero era a la mano derecha y atrás donde yo, arrodillado y cabizbajo declaré la lista de mis pecados. Y en vista de que no le pareció completa, Don Luis me fue animando, me fue animando, hasta que yo le solté el hecho, primero, y después, tanto insistió, las veces. Según confesé aquella cifra, que además estaba muy rebajada, se levantóaquel hombre, a grito pelado que se oía en la Casa de Pico, y dijo: “¡Hijo, a ti no te hace falta el perdón de Dios, lo que tú necesitas es una vacuna!

sábado, 29 de mayo de 2010

Caminata a Teror


Estamos en el mes de mayo, mes de María, mes de peregrinación a ver a la Vírgen del Pino. Tamaraceite es lugar de paso para los peregrinos que van a la Villa Mariana. Nuestro amigo Sergio Naranjo nos deja con un relato sobre la caminata a Teror. Muchas gracias sergio por tu gentileza y esperamos que lo disfruten.

A las siete y media me bajo de la guagua en Piletas, en el paso de peatones frente al Ciudad del
Campo, el colegio que se estrenó justo cuando yo acabé en el Adán. Y me encamino hacia Teror, a probarme, a ver qué pasa. Hace un frío cortante, algo de viento del norte, el cielo está nublado, y aunque no es mucha, la caravana llega a Mercadona, aunque a nosotros nos paró cerca del campo defútbol. Recuerdos de caminatas y de otros paisajes, de prisas y excitaciones, de noticias que dar, de amarguras, de nervios por el camino, en aquel ahora desolado panorama, vacío de vida, destrozado,acabado, en nombre de un progreso mal enfocado que nos dejó esta presentación lacerante. Ni un pájaro, sólo el sonido de los coches que suben y bajan, alternando o sobreponiendo su ruido infernal. Caminar es temerario entre tanta prisa, tanta grosería y tanto egoísmo como hemos llegado a tener con nuestros avances sociales. Qué resultado. A eso de las ocho voy por El Toscón Alto y me suena el móvil, que me recuerda que aquellos tiempos en que me calzaba y me iba donde quisiera ya han pasado y están más cerca los otros en que me calzarán para ir donde no quiera. Oigo los primeros cantos de algunos pajarillos que endulzan el ambiente arrasado, y gallos, varios. Perros de todos los ladridos. A medida que avanzo y se acaba la cuesta se me muestra la vegetación, aquella que cuando yo era chico llegaba a la marea y ahora tímidamente se asoma a partir del Fielato, flora de tabaibas y retamas, de alguna palmera, de pitas y tuneras, de cerrillos y aquellos eucaliptos, que puestos allí con las mejores intenciones, llevan un siglo contribuyendo a desecar el suelo. Bajo el Risco Jiménez entro en el municipio de Teror, recuerdos de niñez sentado al borde, los pies colgando en el vacío donde volaba el cuervo, donde nidificaba la paloma rabiche; el admirado halcón que a veces llegaba y mataba una de ellas con su vuelo de misil animal; el admirado cernícalo vigilando... Muy poco queda ya, salvo la cruz que recuerda el último viaje de mi amigo, amarga decisión que le respeto y me hiere de nuevo cuando la miro. Cuántas no han sido las veces que he pensado en acompañarte desde esa parada, si la vida se hiciera siempre dolor. Las curvas de la Hoya fría, recuerdos del coche di hora que en otro lado contaré, de aquellos piratas y aquellas caminatas, vuelvo a usar el móvil, para tranquilizar a quienes no han de inquietarse, aquellos a quienes debo la vida y ahora ven pasar la vida unas laderas más allá. Y al asomar de las cañadas me azota un viento frío y cortante, mi palo de acebuche, trabajado por mi padre, que guardo como tesoro, que yo no sabré enderezar, sabiduría que él se llevará algún día. Veo desde el camino que el sol llega a la Vuelta de los Alambres, pero en cuanto llego allí, se ha retirado hasta Los Llanos, prolongando el frío que me acompaña en el cuerpo y en el alma, mirando aquel despropósito, uno de tres, que destroza lo que nos va quedando, en nombre de la velocidad, de larapidez, del silencio y el egoísmo, aquella monumental obra que ha descolocado para siempre la antesala del paraíso que fue el barranco de Guanchía. Resisten pájaros, que con sus cantos me van acompañando, varios capirotes, que me emocionan por su número, yo creía muy exiguos; linaceros que se adueñan de la vegetación, ahora de matorral que va aumentando, de codesos, de retamas, de escobones. Un canario del monte suena cuando llego al final de la cuesta y me recuerda quién es el dueño de la tierra; mirlos que ya se hacen oír en el medio del monte. Son las once de la mañana y ya he llegado a la Plaza Teresa de Bolívar. No he querido parar en la Fuente, mis piernas se habrían negado a continuar el viaje. He disfrutado del paso por el Puente del Molino, a pesar de lo coches; he sufrido los rigores de aquella última subida, pero he llegado otra vez a la Plaza.
Se me asoma la iglesia con su Torre Amarilla, imagen ahora de trasiego, de encuentro, de luz, vencida ya la sombra de las nubes, aquí el aire es fresco y no hace frío. Y encaro a la Virgen del Pino, para unos madre, para otros icono, para todos símbolo de Gran Canaria y de sus gentes, paradero y salida de tantas cosas en la vida. Según me cuentan los peores augures, Pinillo, puede que esta sea la última vez que te venga a ver paseando y por mi cuenta, tú allá arriba y yo aquí, contemplando esa estampa que tantos de los míos vieron alguna vez, con la esperanza, a la que yo ahora me aferro, de que el tiempo se dilate y no se me haga corto; o de que por lo menos, la cosa quede en una merma de mi voluntad y movimiento, si se me puede quitar de arriba a este pasajero indeseable que ahora me acompaña, me corroe y me consume en medio del más espantoso dolor que alguna vez imaginar pude. A lo mejor haces un trato conmigo, como dicen otros que puede pasar, y hacemos un ten con ten entre el dolor, las piernas y la suerte y no sale todo muy mal. Y pueda seguirte mirando, como ahora, aunque tenga que ser cuando otro quiera que nos podamos ver.