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jueves, 1 de marzo de 2018

En recuerdo a Don Aurelio

Por Antonio Domínguez
La consciencia es muchísimo más que el temor a Dios o al diablo y el apercibimiento constante del pecado. Hoy mi consciencia se abate, aquí en lo material,  por la muerte del médico Don Aurelio Gutiérrez Brito; hombre de exquisita buena consciencia con los pobres y desvalidos;  a los que regalaba tratamientos medicinales completos de las muestras gratuitas que recibía de los representantes.

Don Aurelio era un hombre que se marcaba metas, despreciando los sacrificios que conllevaban. Fue médico de moda y le llegaban pacientes del sur y de toda la isla, cuando, aquí en su casa de Tamaraceite fue el único médico nocturno para todo el municipio de San Lorenzo. Cuando llegaba de una urgencia, no dormía ni diez minutos para acudir a la llamada de la siguiente. Hay excepciones como en todo y con todo pero, creo que muy pocas personas no tienen pequeño o gran favor que agradecer a Don Aurelio que después de cobrar las módicas 300 pesetas por una levantada de madrugada  e ir por todo el municipio a salvar vidas, se puede declarar el hombre máximo  benefactor y completado con el buen trato, la conmiseración, el amor y el calor humano.

Estuve diez años como su ayudante;  parte de mi dilatado currículo que empezó como lavador de coches. Siempre me decía: “…estudia Antonio, tu amor por la sabiduría es encomiable, pero del saber se come sólo con el título…”. Más tarde, cuando tuve mi taller, fue porque él vino a buscarme, a ofrecérmelo a mí primero que a nadie, y en el devenir llegué a estar un año completo sin poder pagar el alquiler (en aquél aciago país del dictador Franco) y bastantes otros más pequeños  periodos. Don Aurelio siempre me decía: “…sigue para adelante Antonio, ¡lucha, defiéndete, el alquiler puede esperar!...”. Para mí fue un padre, un amigo y mi mejor educador. Nombro aquí, porque se lo merecen, a mis otros dos grandes benefactores: Don Antonio Juan Suarez y don Vicente Artiles -copropietarios de los Apartamentos ININTA donde yo ejercía mi taller- conchabados ellos dos, con don Aurelio en aras de la laxitud con mis obligaciones de arrendador.  

Éste sí que podía aspirar a Santo, aun sin pisar una iglesia y sin credo religioso, que yo supiera. Hablaba con los capitostes del pueblo con el mismo acomodo que con Jacinto; o el pobre más pobre que viviera en la más profunda cueva de La Montañeta; la que pateaba a diario por la asistencia a los enfermos. Era hombre de mucho trabajo y sacrificio. De arrojo por el otro sin mimos ni pereza. Desde mi bendición corriente por humana, humanamente le bendigo (digo de usted lo mejor) mi querido preceptor y benefactor.

Mi pésame sentido a sus hijos, y hago extensivas mis condolencias a todo Tamaraceite y a todo el municipio de San Lorenzo al completo. 

domingo, 25 de febrero de 2018

Fallece el médico Aurelio Gutiérrez Brito

Emblemático y querido doctor de Tamaraceite

Por Esteban Santana

LPDLP. La historia de un pueblo la construyen sus personajes, bien sea por su profesión, por su condición social, por su apodo, por su carácter o por sus vivencias. Hoy quiero recordar a uno de esos personajes que ha dejado mucha huella entre los habitantes de Tamaraceite y sus pagos, Don Aurelio Gutiérrez Brito, médico del pueblo y para el pueblo. Todo un personaje que desgraciadamente nos ha dejado, tras una corta enfermedad, y por cuyas manos pasamos, en sentido literal, muchos de los habitantes de Tamaraceite y sus barrios colindantes.
Escribir sobre Don Aurelio Gutiérrez es hablar de toda una institución a nivel social, en un pueblo, que por mis años de niño era un nucleo alejado de la ciudad de Las Palmas de GC, pero principal población del extinto Ayuntamiento de San Lorenzo.
Llegó a Tamaraceite a finales de los años 50 y aquí se quedó para siempre, ejemplo del cariño que nuestra gente le daba y la devoción que muchos le teníamos por su saber y trato en la consulta y en la calle. Don Aurelio era un médico del pueblo en estado puro. En una época en la que junto al cura y al maestro, jugaban un papel determinante en la vida social.
Pero Don Aurelio era un médico "diferente" para su época, cercano a su gente, sencillo, emprendedor y gran defensor de su familia. Su esposa Carmencita fue su compañera y confidente, mujer también luchadora que supo sacar a sus hijos adelante. Se supieron sobreponer a la tragedia de perder un hijo, en este caso a su hija Inma, una linda chica de larga melena negra que falleció con apenas 18 años cumplidos en un accidente de tráfico.
Ninguno de sus otros hijos siguieron su estela, salvo Mamen, la otra niña de la familia que ejerce enfermería en tierras andaluzas. Aurelio, Joaquín, José Carlos y Nacho eran más de letras.

Sus comienzos no fueron fáciles pero supo hacerse con la simpatía y el respeto de la gente de Tamaraceite, Tenoya, San Lorenzo y todos los pagos que le rodean. Fue médico de empresa de los Betancores y tuvo su primera consulta en el edificio donde vivió Don Raimundo, al lado del bar de Cristóbal, muy cerca de la Plaza Don Ceferino Hernández. Compartió consulta posteriormente con otro gran médico de aquellos años como fue Don José Hernández. Su enfermera de siempre fue Rosita, una persona encantadora que recogía los carnés con las medicinas "para repetir" y que lo acompañó durante años y a la que le cogió el relevo Mercy Soto, la mujer de otro de los sanitarios de Tamaraceite, el practicante José Ramón, el hijo de Ramoncito "el de los ciegos". Pero su primer enfermero fue Antonio Domínguez, el hijo del barbero y que lo acompañó en muchos de sus desplazamientos a los domicilios por aquellos años en que comenzó su andadura profesional.
A Don Aurelio le tocó compartir vida en el pueblo con las parteras, como Mariquita García, Encarnacionita, Mariquita Rodríguez y Cesarita Alonso, ya que hasta los años 70 las mujeres no iban a la clínica a dar a luz. Si la criatura venía bien las mujeres esperaban en casa hasta la llegada de la partera, pero, si por el contrario, venía de nalgas se avisaba al médico y se buscaba corriendo un coche para ir a la clínica.
Algunos de los mayores de Tamaraceite todavía recuerdan cómo llegó Don Aurelio a Tamaraceite, "flaco como un guirre" y donde enseguida se integró haciendo grandes amigos como Antonio Juan Suárez el del molino o Don Vicente Artiles el farmaceutico y con los que emprendió algunos proyectos conjuntamente.
Fue el médico de muchos niños y niñas del distrito, y hasta hace poco estaba recetando. Su gran sueño era escribir un libro sobre sus memorias y soy fiel testigo de que mucho recogió por escrito de sus vivencias. Ojalá las veamos publicadas algún día.
Tamaraceite le debe mucho a Don Aurelio porque fue fiel a ella hasta el final. Siempre le tendremos en nuestro recuerdo Don Aurelio. Vaya desde aquí nuestro agradecimiento a un gran profesional pero sobre todo a un gran vecino.

lunes, 15 de febrero de 2010

Visita al Consultorio Médico




Nuestro amigo Sergio Naranjo de San José del Álamo nos trae otro de sus recuerdos. Esta vez nos habla de sus visitas al consultorio médico, sito en la Carretera General, enfrente del Estudio Fotográfico Eduardo y de la Centralita Telefónica.
Las seis de la mañana de un amanecer en 1974. En Tamaraceite, al lado del cuartelillo de la Policía Municipal. Fría mañana esta; siempre que me encuentro aquí estoy malo y con fiebre, como hoy. Mi madre y yo hemos llegado lo antes posible; nos hemos levantado temprano a más no poder; hemos hecho todas las cosas a la carrera; mi padre nos ha traído bastante más temprano de lo que suele bajar... Siempre hay entre diez y veinte personas esperando cuando llegamos. Nos demos la prisa que nos demos, allí están. No todas están con cara de enfermos; hay entre tres y cinco que no lo parecen, pero allí están. Las mujeres de inmediato se ponen a hablar. No sé cómo rayos lo hacen, pero en cosa de segundos ya están dándole al pico. Los hombres son más adustos; apenas hablan, y sus frases son más distantes entre sí. El tráfico está de miedo, cualquier día habrá que bajar Tamaraceite haciendo cola, como esto siga así.A las seis y media, puntual como ella sola, llega Rosita. Parece un soldado de cuerda, con sus movimientos rápidos, monótonos, invariables. Esas gafas de culo botella; esas manos ágiles, nerviosas; y ese temperamento digno de un rayo. Apenas levanta metro y medio del suelo, pero se faja con cualquiera. Empieza a pedir las cartillas del seguro, y a cambio va entregando las chapas plateadas con el numerito grabado que nos dará la salvación. Siempre se pelean por la vez las mismas dos o tres; y siempre son las que no tienen cara de enfermas. Por fin, con las cartillas en sus manos, Rosita nos permite pasar a la sala de espera y pasillo. Antes, cuando llegó, abrió, entró y cerró tras ella. Cuando volvió a aparecer venía enfundada en una bata blanca.El pasillo suele ser el sitio donde yo espero. En la sala no cabe un alma. Allá se ha sentado hoy mi madre, que ha podido entrar, para variar. La mayor de las veces la pasa a pie firme, en el pasillo también. Pero hoy está enfrascada en una tremenda discusión de mujeres, y sus rivales le han facilitado sitio, para explayarse entre todas, conformando un tremendo griterío. Fuera quedo yo, que por lo menos ya me puedo quitar la dichosa toalla. Debo tener lo menos treinta y nueve de fiebre. El runrún de los coches bajando por la carretera es continuo. De vez en cuando alguno que sube. Y no amanece. La débil luz del pasillo, un simple bombillo colgado del techo, es aún más intensa que la que hay en la sala, envuelta en una tulipa blanca, en forma de pelota de unos veinte centímetros de diámetro. Miro con desconsuelo aquellas sillas, que nunca he probado. Y el olor, irrespirable, a un montón de colonias baratas, mezclado con el humo de los cigarros...Por fin aparece Don José García. No parece haber tenido nunca pelo, más que en las sienes y la parte superior del cogote, blanco, igual que el de su eterno bigote. Lleva gafas, y un cigarro recién encendido, detrás del cual nos observará. Saluda rutinariamente, mientras entra a la consulta por una puerta distinta a la de los impacientes pacientes. Comienzan a entrar, y salen rápidamente, cada dos o tres minutos, con cara de haberse curado ya. Al fin, mi turno. Cuando ya me babeaba pensando en poderme sentar, cortado mi gozo por un imperativo “déjale el sitio a la señora, Sergio”, pronunciado por mi madre, con aquella entonación fisna que suele poner en el médico, se oye desde dentro el “pase” pronunciado por Rosita y que era esta vez para mí.La consulta es exactamente la misma de siempre. Don José que pregunta qué tiene el niño mientras ni nos mira, garabateando en una receta lo que Rosita le va dictando; mi madre, muy fisna ella, le va soltando la letanía de mis males. Tan pronto acaba Don José de apuntar nuestro número de seguridad social, corta a mi madre y le dice, mientras va escribiendo en la receta: “Cuatro inyecciones, dos al día, y el jarabe, una cucharada en las comidas”. Y se acabó.Ya en la calle, se ha hecho el día. Menos mal que mi madre no me vuelve a colocar la puñetera toalla por encima, mientras al fresco de la brisa mañanera nos vamos hacia arriba, a la farmacia del Cruce de San Lorenzo. Agradezco profundamente aquel fresquillo, aunque esté adobado con humo de gas oil y olor a gasolina, después de lo mal que lo he pasado dentro de aquella ratonera, donde sigue habiendo oscuridad. En la farmacia, algo de cola, pero menos. Allí sí me puedo sentar, en uno de esos bancos hechos con finas tablillas de madera barnizada, que ya no puedo más. Hoy vamos directos a San José del Álamo, no hay que entrar a comprar nada en Casa Marcelita, menos mal. Aunque aún tengo que soportar el último calvario: el taxi. Curioso. Cuando vengo al médico es cuando únicamente lo coge mi madre, y no el coche de hora que nos deja en Hoya Fría, para luego llegar a casa caminando. Aún así, lo del taxi es un sufrimiento. Ese Peugeot 404 que tiembla más que una burra loca; ese olor del forro de los sillones; esa horrible poca velocidad que toman los taxistas, hacen que cuando voy por Piletas esté a punto de vomitar. Si no lo hago es porque no tengo nada en la barriga que soltar. Hoy ha tocado Rubén, el hermano de Vicente; por un tris se nos ha escapado Santiago Naranjo, que tiene el mismo fotingo, pero que por lo menos corre como un tiro. Llegamos a la antesala del paraíso, San José del Álamo, pero aún hay más: La inyección. Dionisita se prepara el cacharro aquel lleno de alcohol al que pega fuego, mientras agita con fuerza la cápsula del inyectable con algo que le ha enchufado allí. El mismo ritual de siempre. Mientras, yo me pongo por lo bajito a rezar todo lo que sé, esperando el momento fatal. No sé cómo, pero me ha enchufado la enésima inyección, y dolorido hasta el alma me voy a casa sin esperar a mamá, que se ha encontrado yo no sé a quién. Pero al fin llega y abre la puerta. Me quito la ropa en uno de los mayores momentos de gozo y albricias que puedo disfrutar en mi vida: he vuelto de una salida de compras o médicos, lo mismo da. Todo ello mientras mamá machaconamente me regaña a grito pelado lo mal que hoy me comportado, soltando un sermón que ni Don Luis. Pero ya estoy en casa...